Venecia: Lenguas, historia y góndolas

Vista desde un vaporetto en los canales de la ciudad

¿Y qué hicimos durante más de un mes en Venecia?

Después de haber tenido la oportunidad de pasar unas semanas en Japón el año pasado y de un año muy movidito a nivel congresos por Europa, este verano tocaba volver a hacer las maletas: Venecia esperaba.

La razón era bastante especial. Después de pasar el proceso de selección, era el turno de participar en la exigente Summer School in Classical Chinese and Classical Japanese – Kanbun, organizada conjuntamente por la Universidad Ca’ Foscari de Venecia y la Universidad de Princeton, de dónde venían la totalidad de mis profesores. Para aquellos que no la conozcáis, se trata de un programa académico bastante particular, pensado especialmente para estudiantes e investigadores interesados en la historia y las culturas de China y Japón premodernos. Durante cinco semanas, los participantes seguimos un curso intensivo de lengua clásica, acompañado de conferencias impartidas por especialistas de diferentes universidades.

Primera foto que tomé de la ciudad, cerca de Piazzale Roma.

En nuestro caso, evidentemente, escogimos el itinerario de japonés clásico y kanbun, dos herramientas que llevábamos tiempo queriendo aprender y que resultan especialmente importantes para cualquiera que pretenda trabajar con fuentes japonesas anteriores a la época contemporánea. El curso combinaba gramática, traducción y lectura de textos históricos y literarios, además de una primera aproximación a escrituras como el hentaigana y el kuzushiji. Dicho así puede sonar un poco intimidante —y, para qué mentirnos, algunos días lo fue—, pero también fue una de las experiencias académicas más interesantes que he tenido hasta ahora.

Eso sí, no todo iba a ser estudiar

Durante esas semanas también tuvimos la oportunidad de conocer la preciosa ciudad de Venecia mucho mejor, descubrir algunos de sus rincones menos turísticos, coincidir con estudiantes e investigadores del más alto nivel, visitar museos, iglesias y edificios históricos y, por supuesto, hacer alguna que otra escapada por los alrededores.

Y como suele pasar en este tipo de experiencias, al final la Summer School acabó siendo mucho más que cinco semanas de clases. Entre traducciones, deberes, paseos por Venecia, cenas improvisadas y alguna que otra aventura, terminamos llevándonos una colección bastante considerable de recuerdos y personas maravillosas de nada más y nada menos que 19 países distintos.

Así que, después de haber contado por aquí mi viaje por Japón, toca hacer lo propio con esta pequeña aventura italiana. En las siguientes entradas os contaré cómo fueron estas cinco semanas en Venecia: qué estudiamos, qué aprendimos, qué lugares tuvimos la oportunidad de visitar y, sobre todo, cómo es eso de pasar un verano intentando descifrar textos japoneses escritos hace varios siglos. Todo ello en maravillosa compañía.

Porque sí: viajar a Venecia para estudiar Japón suena un poco extraño. Dicho esto…

¡Empecemos!

Semana 1

Día 1. Domingo 5 de julio de 2026. Rumbo a Venecia

Todo viaje empieza realmente mucho antes de llegar a destino. En nuestro caso, empezó el domingo 5 de julio, entre maletas, facturaciones desesperantes y una despedida familiar bien emotiva. Antes de pasar el control del aeropuerto, tocaba cumplir con una de esas pequeñas tradiciones que ya se han convertido casi en obligatorias: visita a la tienda del Barça y, por supuesto, parada en la tienda de LEGO. Una última vuelta por el aeropuerto antes de poner rumbo a Italia.

El vuelo fue tranquilo y, tras llegar a Venecia, tocaba enfrentarse a la primera misión: llegar hasta la residencia, donde ibámos a pasar las siguientes cinco semanas. La susodicha Residencia ESU estaba situada junto al Forte Marghera, una antigua fortaleza de traza italiana reconvertida en un espacio verde que acabaría siendo uno de nuestros lugares habituales durante la estancia.

La residencia, además, era prácticamente nueva y estaba bastante bien equipada: habitaciones modernas, aire acondicionado, zonas comunes y todo lo necesario para sobrevivir como estudiante internacional. El problema fue que, nada más abrir la puerta de nuestra habitación, descubrimos que había un pequeño detalle que se les había escapado: estaba turbo sucia. Y claro, después de pagar una cantidad bastante considerable por el alojamiento, aquello no era precisamente la bienvenida a Italia que uno espera.

Por suerte, allí conocimos a Lucho, uno de los trabajadores de recepción, que desde el primer momento se portó genial con nosotros. Gracias a él conseguimos unas toallas y algo con lo que cubrir las camas, porque las sábanas que había disponibles tampoco invitaban precisamente a echarse una siesta.

Pero todavía quedaba otro pequeño problema: nadie nos había avisado de que teníamos que llevar nuestra propia cubertería y buena parte de los utensilios de cocina.

Así que, recién llegados, sin comida, sin cubiertos y con una habitación que necesitaba urgentemente una limpieza, tocaba improvisar. La solución fue caminar unos 40 minutos hasta el InterSpar, prácticamente lo único que encontramos abierto aquella tarde, comprar algunas cosas básicas y volver con la sensación de haber hecho ya una pequeña excursión por Mestre. Y para rematar mi primera noche en Italia, acabamos cenando en un McDonald’s. ¡McDonald’s! Que no he ido en mi vida, vamos.

Sí, lo sé. Llegar a Italia, uno de los países con una de las mejores gastronomías del mundo, y cenar en un McDonald’s. Podéis dejar de leerme aquí mismo, si queréis. En conclusión: no empezábamos demasiado bien.

Pero aquello era solamente el primer día. Al día siguiente empezaba oficialmente la Summer School de Ca’ Foscari y Princeton, y con ella cinco semanas dedicadas a intentar entender algo que, hasta entonces, apenas había empezado a estudiar: el japonés clásico y el Kanbun.

Y ahí sí que empezaba la aventura. Así que tocó coger aire y tirarse a los leones.

Día 2. Lunes 6 de julio de 2026. Primer contacto con Ca’ Foscari.

Después del pequeño desastre logístico del día anterior, tocaba ponerse serios. El lunes comenzaba oficialmente la Summer School, así que por la mañana nos dirigimos hasta la sede de la Universidad Ca’ Foscari en Dorsoduro.

Dorsoduro fue una de esas primeras sorpresas agradables de Venecia. Aunque estábamos literalmente en pleno centro de la ciudad, la zona tenía bastante menos movimiento turístico que otros lugares y, al mismo tiempo, había vida local. La primera parte del día estuvo dedicada a la orientación. Nos explicaron cómo iba a funcionar el programa, qué recursos teníamos disponibles y, sobre todo, cómo podíamos aprovechar la universidad durante nuestra estancia. Una de las grandes ventajas era tener acceso a las bibliotecas de Ca’ Foscari, que para alguien que viene a Venecia a estudiar historia y lenguas asiáticas son, básicamente, un pequeño paraíso.

También recibimos nuestro bono de transporte para estudiantes, que resultó ser una auténtica bendición. Venecia tiene una peculiaridad que a veces olvidamos cuando vemos fotografías de la ciudad: el centro histórico está construido sobre un conjunto de islas. Y aunque caminar es maravilloso, cuando tienes que desplazarte continuamente entre ellas, poder utilizar los vaporetti a precio reducido se convierte en algo fundamental. El billete turístico puede salir bastante caro, así que aquel descuento estudiantil iba a ser uno de mis mejores amigos durante las siguientes semanas.

Una foto desde el primer vaporetto al que subí del canal principal

Nos explicaron también las llamadas Special Lectures, unas conferencias complementarias y optativas impartidas por diferentes especialistas sobre historia, literatura y cultura de China y Japón. Además, como estudiantes de Ca’ Foscari, podíamos acceder a la cantina universitaria con precios reducidos.

Y entonces llegó una de las partes más interesantes: la presentación de los profesores.

El programa estaba codirigido por el profesor Martin Kern, de Princeton, y precisamente fue él quien realizó la presentación en directo del equipo docente. El itinerario de japonés clásico estaba a cargo de Keiko Ono, especialista en japonés clásico y Kanbun y profesora también en Princeton (parece ser que era su mujer), que además cuenta con una larga trayectoria enseñando estas lenguas. El objetivo era concentrar en unas pocas semanas una cantidad de formación que normalmente ocuparía muchos meses de estudio. En concreto, comprimir 15 ECTS (más de 2 semestres de asignatura) en un mes.

Después de la orientación, llegó la hora de la verdad, pues por la tarde tuvimos nuestra primera clase de japonés clásico.

La primera lección estuvo dedicada a entender un poco el lore del kobun (古文), es decir, el japonés clásico, y las diferencias fundamentales respecto al japonés moderno. Uno de los elementos que más pronto empezamos a estudiar fueron los jōdōshi (助動詞), los llamados verbos auxiliares, y mis enemigos jurados. Dicho de una manera sencilla: son pequeñas piezas que se añaden a otras palabras y que permiten expresar cosas como pasado, negación, intención, posibilidad, obligación o conjetura. El problema es que en japonés clásico no funcionan exactamente como esperarías si vienes del japonés moderno. Cada uno tiene sus propias formas, conjugaciones y usos, y algunos pueden cambiar bastante el significado de una frase.

Así que aquella tarde apareció también otro de los grandes protagonistas de las siguientes semanas: las tablas de memorización.

Y cuando digo tablas, quiero decir TABLAS. – Primera tabla. Primera memorización. Primeros deberes. Y también, para alegría de todos, nos anunciaron el primer examen. Sería al día siguiente. Aquello iba bastante en serio.

Por suerte, después de terminar las clases, estudiar un rato y empezar a preparar los deberes, todavía quedaba algo de tiempo para desconectar. Nos reunimos con Lauren, nuestra profesora asistente, y algunos compañeros para ver juntos el partido de octavos del Mundial: Portugal contra España. España ganó 0-1 y consiguió el pase a cuartos. Fue guapo verlo con gente de todo el mundo.

Eso sí, al acabar tocó ir a dormir. La Summer School acababa de empezar. Y las tablas de jōdōshi también.

Día 3. Martes 7 de julio de 2026. Primer examen y primeros kuzushiji.

La Summer School llevaba apenas dos días y ya tocaba enfrentarse al primer examen. Empezábamos fuerte. Por si los nervios fueran pocos, el maravilloso transporte público italiano decidió poner de su parte. Entre retrasos y bloqueos, acabamos llegando a la facultad dos minutos tarde al examen. Nada dramático, pero sí suficiente para entrar por la puerta con esa sensación maravillosa de “bien…”.

El examen resultó ser algo más difícil de lo que esperaba. Algunos compañeros no estuvieron del todo de acuerdo conmigo cuando hablamos al acabar, y consideraron que el nivel era bastante asumible. Y probablemente tenían razón. El problema es que había bastante carga gramatical y, para alguien con formación lingüística, aquello podía resultar mucho más natural.

Aún así, me temo que yo soy historiador.

Después del examen empezamos con otra de las grandes protagonistas de estas semanas: los kuzushiji (崩字).

El kuzushiji es, simplificando mucho, la forma cursiva y extremadamente abreviada con la que se escribían muchos textos japoneses antiguos. Los caracteres aparecen deformados, unidos entre sí y escritos con trazos mucho más rápidos que los que estamos acostumbrados a ver en el japonés moderno. El resultado es que un documento que, sobre el papel, está escrito en japonés, puede parecer completamente ilegible para alguien que no haya aprendido previamente a reconocer estas formas. Un poco cómo la paleografía medieval (no me funeis compañeros de medieval, os admiro).

Aquí algún amable ejemplo de la cursiva nipona.

Y ahí estábamos nosotros, intentando descifrar textos que a primera vista parecían poco menos que garabatos. La otra gran lección de aquel día fue descubrir cuál iba a ser la dinámica real de la formación. Clases por la mañana. Deberes todos los días.

Las clases terminaban alrededor de la una, pero los deberes tenían que estar terminados y subidos a Dropbox antes de las ocho de la tarde. Es decir, teníamos unas cuantas horas para comer, descansar, estudiar, hacer las tareas y tratar de que nuestro cerebro siguiera funcionando. Después de dos días, ya empezábamos a entender por qué el curso tenía fama de intensivo.

Así que aquella tarde tomamos una decisión estratégica: siesta.

Estábamos completamente molido y, además, empezaba a preocuparme bastante el volumen de trabajo que se nos venía encima. Como consecuencia, decidimos no acudir a la primera Special Lecture. Y, sinceramente, tampoco había que dramatizar demasiado.

Era sobre China. Yo había venido a Venecia a sufrir con el japonés. Había que establecer prioridades.

Día 4. Miércoles 8 de julio de 2026. La literatura Heian entra en escena.

Para el miércoles ya empezábamos a coger la rutina. Por primera vez nos enfrentamos a una traducción completa y, como no podía ser de otra manera, empezamos con una de las grandes obras de la literatura japonesa: el Makura no Sōshi (枕草子), conocido en inglés como The Pillow Book, de Sei Shōnagon (清少納言).

La obra fue escrita durante el período Heian y es uno de los testimonios más interesantes que conservamos sobre la vida, las costumbres y, sobre todo, la sensibilidad estética de la aristocracia de la corte japonesa. No es una narración convencional: está llena de listas, observaciones, anécdotas y pequeñas escenas sobre aquello que la autora considera bello, ridículo, molesto, elegante o digno de recordar.

Y aquello empezaba a darnos una pista de lo que nos esperaba. Porque si algo descubrimos rápidamente es que a los especialistas en literatura Heian les encanta hacerte traducir listas de cosas que a Sei Shōnagon le parecen interesantes.

Después volvimos al kuzushiji, seguimos machacando los jōdōshi y, por supuesto, llegaron los deberes. Muchos deberes.

Por la noche, al menos, tuve la oportunidad de desconectar un poco. Quedé con un compañero de Granada con el que conecté muy bien desde el principio. Fue una de esas amistades que surgen rápidamente cuando estás fuera de casa y compartes la misma experiencia de supervivencia académica.

Y aquel día tuve también mi primer paseo real por Venecia.

Primer vaporetto, primeros canales y primera vez moviéndome por la ciudad sin estar simplemente intentando llegar a clase. Después de pasar los primeros días encerrado entre gramáticas, tablas y textos japoneses, empezar a disfrutar de Venecia fue un pequeño cambio de chip. Aunque, evidentemente, al volver todavía quedaban deberes.

Día 5. Jueves 9 de julio de 2026. Primera Special Lecture.

La rutina continuaba: clase por la mañana, kuzushiji, gramática, traducción y deberes… Pero aquel día decidimos hacer algo diferente: acudir finalmente a una de las famosas Special Lectures del programa. Algo había que aprovechar, hombre… Para poder llegar a tiempo tuvimos que hacer una pequeña operación logística. Comimos en un kebab cercano, barato y, sorprendentemente, bastante bueno, y desde allí pusimos rumbo a la conferencia.

El encargado de impartirla fue el profesor Federico Marcon, de Princeton, que actualmente es profesor de Estudios de Asia Oriental e Historia y presidente del Departamento de East Asian Studies de la universidad.

La conferencia trataba sobre la terminología política del Japón moderno y el origen de muchos de sus conceptos y expresiones. Un tema que, viniendo de la historia, me resultó especialmente interesante. Además del contenido, me llevé otra impresión. Marcon me cayó francamente bien.

Hay académicos a los que admiras por su currículum y otros con los que, además, tienes la sensación de estar delante de una persona cercana y genuinamente apasionada por lo que hace. En este caso tuve un poco de las dos cosas.

Y curiosamente, descubrí después que su relación con Ca’ Foscari era todavía más directa de lo que pensaba: el propio Marcon estudió allí East Asian Languages and Cultures antes de continuar su formación en Columbia y desarrollar su carrera académica en Estados Unidos.

Día 6. Viernes 10 de julio de 2026. Más jōdōshi, más kuzushiji y más Sei Shōnagon.

Llegábamos al viernes y la sensación ya era bastante clara: esto no iba a aflojar.

Continuamos trabajando con los jōdōshi y con kuzushiji, mientras seguíamos avanzando con los textos clásicos. También empezamos a entender mejor cómo funcionaría el sistema de evaluación. Hasta entonces sabíamos que habría exámenes periódicos, pero descubrimos que aquello iba a ser todavía más intenso de lo que parecía: tendríamos un examen prácticamente cada lunes, además de una prueba final que tendría un peso importante en la nota.

Vamos, que cada fin de semana había que estudiar.

Y hablando de estudiar, aquel día llegó otra traducción de Sei Shōnagon. Esta vez trabajamos uno de sus famosos pasajes sobre “Things That Are …”, esas listas en las que la autora va describiendo cosas que considera agradables, desagradables, elegantes, incómodas, emocionantes o simplemente dignas de mención.

La literatura Heian volvía a atacar.

Y aquí llegó una de nuestras primeras pequeñas batallas con la profesora. En uno de los pasajes aparecía el kanji 花 (hana), literalmente “flor”. Yo, como buen historiador que intenta sobrevivir a una traducción, hice lo que parecía más lógico: traducirlo como “flor”.

Error.

Al parecer, en este contexto había que tener en cuenta la asociación cultural que tenía ese término en la literatura clásica japonesa. Durante el período Heian, podía utilizarse de manera especialmente marcada para referirse a las flores de cerezo, 桜 (sakura), cuando el contexto lo hacía evidente. Y ahí aprendimos otra de las grandes lecciones del curso: traducir japonés clásico no consiste simplemente en saber qué significa cada kanji.

También tienes que saber qué significaba ese kanji para una persona de hace mil años. Una diferencia pequeña sobre el papel, pero bastante importante cuando tienes delante a una especialista en literatura Heian.

Fin de semana. 11 y 12 de julio de 2026. Repasar, estudiar y algún paseo por Forte Marghera.

Después de cinco días bastante intensos, llegó el primer fin de semana de la Summer School. Y, aunque pudiera parecer que tocaba descansar, la realidad era un poco diferente. Durante el sábado y el domingo pasamos bastante tiempo en la residencia, repasando todo lo que habíamos visto durante la semana y preparando el primer quiz. Había que ponerse al día con los jōdōshi, las conjugaciones, el kuzushiji y las primeras traducciones, así que aprovechamos también para digitalizar buena parte del contenido y tenerlo todo más organizado.

Además, retomé algunos materiales que ya utilizaba para estudiar japonés. Estuve repasando gramática de Tobira, uno de los manuales que había utilizado durante mis clases de japonés en Japón, y también de Watashi no Nihongo, un método elaborado por una profesora española que me había servido bastante para consolidar algunos aspectos gramaticales.

Era curioso volver a estos libros después de enfrentarme al japonés clásico. De repente, el japonés moderno parecía muchísimo más fácil.

Aunque sospecho que esa sensación no iba a durar demasiado.

Por suerte, tampoco pasé todo el fin de semana encerrado entre apuntes. Aprovechamos para conocer un poco mejor los alrededores de la residencia y dar varios paseos por el Forte Marghera, el enorme espacio verde que tenía prácticamente al lado. El antiguo fuerte cuenta con zonas históricas y un museo relacionado con la historia militar, pero también con grandes espacios de parque donde las familias van a pasar el día. Y, afortunadamente, también había gatos. Muchos gatos.

La zona de museo está rodeada de piezas de artillería.
No, si estresados no se les veía, no…

Semana 2

Día 7. Lunes 13 de julio de 2026. Segundo examen y los monjes del Enryaku-ji.

Empezábamos la segunda semana exactamente como habíamos terminado la primera: con un examen. Esta vez tocaba demostrar que algo se nos había quedado de las primeras clases de kobun, y empezábamos a entrar de lleno en las estructuras gramaticales y literarias que íbamos a trabajar durante las semanas siguientes.

Después del examen comenzamos también con nuevas traducciones, esta vez a partir del Uji Shūi Monogatari (宇治拾遺物語), una colección de relatos setsuwa compilada probablemente a comienzos del período Kamakura. La obra reúne casi doscientos relatos de temática muy diversa, incluyendo historias protagonizadas por monjes, aristócratas, personajes populares y todo tipo de situaciones curiosas.

El texto que trabajamos nos permitió acercarnos además a algo que me interesaba especialmente como historiador: la vida cotidiana en los templos budistas. Y aquí apareció el Enryaku-ji (延暦寺), uno de los grandes centros del budismo japonés, situado en el monte Hiei, al noreste de Kioto. El templo tuvo una enorme importancia histórica y religiosa y fue precisamente el escenario en el que se desarrollaban los acontecimientos del texto que estábamos traduciendo. Sobre este os hablaré bien un día, porqué tiene para una entrada a parte.

Por la tarde decidimos coger el vaporetto y cruzar hacia San Marcos. Esta vez tocaba conocer bien la zona de la plaza, callejear sin demasiada prisa y disfrutar de Venecia. Aunque había un pequeño inconveniente: los turistas. Y no es que me moleste que haya turistas —yo mismo estaba haciendo turismo—, pero algunas conductas eran bastante poco respetuosas con la ciudad. Venecia es un lugar extraordinariamente delicado y, después de unos días allí, empiezas a entender por qué a los venecianos les puede llegar a desesperar la avalancha turística. Bueno, los que seáis de Barcelona como yo, ya lo habréis vivido…

Aun así, la visita mereció muchísimo la pena. Especialmente porque terminé entrando en la Biblioteca Nazionale Marciana, una auténtica maravilla renacentista y uno de esos lugares en los que un historiador puede quedarse bastante más tiempo del previsto. Y además tenía un pequeño aliciente cinéfilo: Indiana Jones.

La biblioteca aparece asociada a la famosa escena veneciana de Indiana Jones y la última cruzada (1989). Eso sí, hay truco: el exterior que aparece en la película es realmente la iglesia de San Barnaba, utilizada para representar la ficticia Biblioteca de San Barnaba; los interiores fueron recreados en estudio.

No estaba nada mal para ser lunes.

Día 8. Martes 14 de julio de 2026. Japonés clásico, una Special Lecture y semifinales.

El martes volvió a ser una mezcla de rutina académica y acontecimientos importantes.

Por la mañana tuvimos las clases habituales y seguimos avanzando con el kobun y los textos que estábamos traduciendo. Pero aquel día tocaba además una nueva Special Lecture, así que después de clase nos dirigimos a la conferencia. Mientras tanto, yo llevaba la cabeza en dos sitios.

Por un lado, estaba intentando sobrevivir al curso.

Por otro, llevaba varios días trabajando en los últimos detalles de un proyecto académico que para mí era especialmente importante: el dosier monográfico de Hispania Sacra, revista del CSIC, que estoy co-coordinando junto a mi compañero Jaime González-Bolado, que además está trabajando en Fukuoka. Estábamos ultimando la versión definitiva del dosier y aquel día tocaba prácticamente poner el punto final. Estaba bastante nervioso.

No todos los días tienes la sensación de estar enviando una propuesta editorial a una revista de este nivel, y menos cuando llevas meses trabajando en ella. Así que entre las clases, los deberes y la Special Lecture, tenía también un ojo constantemente pendiente del correo electrónico. Por la tarde, sin embargo, había una cita que no pensaba perderme.

Una de las fotos que tomé de camino. Una amiga describió la ciudad como «muy instagrameable»

España jugaba las semifinales del Mundial contra Francia. Conseguimos reunirnos unos cuantos compañeros del curso para ver el partido juntos. Y vaya partido. España ganó 0-2, pero lo mejor fue verlo con gente de tantos países fue probablemente una de las experiencias más divertidas de todo el curso.

Que bueno es Rodri.

Día 9. Miércoles 15 de julio de 2026. Rutina y gimnasio.

Después de la intensidad del día anterior, el miércoles fue bastante menos espectacular. Clase, jōdōshi, kuzushiji, traducciones y deberes.

La rutina ya estaba perfectamente establecida. Pero conseguimos hacer una cosa que llevaba intentando desde que llegamos: apuntarnos a un gimnasio. Porque sí, cinco semanas en Italia estudiando japonés clásico podían ser intensas, pero tampoco quería salir de Venecia convertido en una criatura sedentaria alimentada exclusivamente a base de apuntes y pasta.

Eso sí, descubrí rápidamente otra realidad italiana: qué caros son los gimnasios. Muchísimo más de lo que esperaba. Aun así, finalmente conseguimos apuntarnos y volver a meter algo de entrenamiento en la rutina. Una pequeña victoria personal.

Día 10. Jueves 16 de julio de 2026. Una biblioteca inesperada.

El jueves tuvimos una nueva Special Lecture, pero aquel día teníamos además un objetivo muy concreto: conocer una de las bibliotecas de Ca’ Foscari.

Además, descubrí una cosa que me vino de maravilla: podía llegar en autobús, evitando el problemático tranvía que tantas veces me había dado problemas para moverme por Mestre y Venecia. Pequeñas victorias logísticas.

Aún así, por la mañana tuvimos las clases habituales y, después, acudimos a otra Special Lecture. La conferencia giró alrededor de Matteo Ricci, una figura que me interesaba especialmente por mi propia investigación y por mi formación dentro de los estudios ibéricos. La conferencia fue impartida por la rectora de Ca’ Foscari, y el tema tocaba de lleno cuestiones relacionadas con las conexiones entre Europa, China y el mundo de las misiones durante la Edad Moderna.

Pero lo verdaderamente interesante vino después. Nos dirigimos hasta San Sebastiano, donde se encuentra una de las sedes de la BALI, la Biblioteca di Area Linguistica. La sede de San Sebastiano está especializada precisamente en Estudios de Asia Oriental, así que era un sitio que tenía muchas ganas de conocer. Si sois de mi campo y leeis esto, id. Fuimos solo para echar un vistazo, y terminé encontrando muchas fuentes primarias y ediciones transcritas en japonés clásico que estaban directamente relacionadas con mi tesis y con mis líneas de investigación. Un auténtico descubrimiento.

Había ido a una Summer School para aprender a leer mejor las fuentes japonesas y, de repente, tenía delante una biblioteca llena de materiales que podían servirme directamente para mi investigación. Cómo diría el capitán Holt, Bingpot!

Día 11. Viernes 17 de julio de 2026. Combinaciones imposibles.

La semana empezaba a entrar en su recta final y las cosas se iban complicando. Hasta entonces habíamos trabajado bastante los jōdōshi por separado, pero ahora comenzábamos a estudiar cómo podían aparecer combinados entre sí. Ya no bastaba con memorizar qué significaba cada auxiliar: había que entender cómo interactuaban cuando aparecían juntos y qué matices aportaban a la frase.

En otras palabras, las tablas de memorización seguían creciendo.

Por la tarde hicimos los deberes con el chico de Granada, que se estaba convirtiendo rápidamente en uno de nuestros compañeros de batalla habituales. Tener a alguien con quien comparar traducciones, discutir si una frase tenía sentido o simplemente quejarse un rato de la gramática ayudaba bastante. Realmente me salvó bastante.

Día 12. Sábado 18 de julio de 2026. Il Redentore.

El sábado fue, sin ninguna duda, uno de los días más espectaculares de toda nuestra estancia en Venecia. Era la noche de Il Redentore, una de las grandes fiestas tradicionales de la ciudad.

La celebración tiene su origen en la epidemia de peste de 1576. Tras el final de la epidemia, la ciudad prometió levantar una iglesia dedicada al Redentor y celebrar anualmente una fiesta en agradecimiento por el fin de la peste. La iglesia de Il Redentore, diseñada por Palladio en la isla de Giudecca, se convirtió así en el centro de una tradición que continúa hasta nuestros días. La noche del sábado es especialmente espectacular: Venecia se llena de barcos decorados, miles de personas se concentran alrededor de la laguna y, llegada la noche, comienza un enorme espectáculo de fuegos artificiales sobre el agua.

Esta la tomé desde el puente de madera construido sobre botes que habilitan para el evento

Yo tuvimos la suerte de vivirlo acompañados. Nos reunimos con un compañero italiano que nos trató increíblemente bien durante toda la noche. También nos juntamos con un grupo de chicas estadounidenses que había conocido durante el curso y que eran majísimas.

Y entonces llegó el espectáculo. Venecia iluminada, los barcos abarrotando la laguna, música, petardos y fuegos artificiales durante muchísimo tiempo. Era difícil no quedarse con la boca abierta. Pero hubo algo todavía más surrealista, en mi humilde opinión de extranjero. Cuando terminaron los fuegos, parte de la gente empezó a tirarse directamente a los canales de Venecia.

Sí. A los canales.

No sé exactamente qué nivel de confianza hay que tener con el ecosistema veneciano para meterse ahí voluntariamente, pero desde luego no estábamos preparado para semejante demostración de valentía. Digamos que los canales no son precisamente conocidos por ser piscinas olímpicas en lo referente a la calidad del agua.

Aun así, fue una noche espectacular y una de esas experiencias que difícilmente habríamos podido vivir de otra manera. Se cerró todo con un heladito.

Día 13. Domingo 19 de julio de 2026. La final y la segunda estrella.

Después de una noche tan intensa, el domingo tocaba volver a la realidad.

Bueno, más o menos. Era día de estudio, así que pasamos buena parte del día repasando y avanzando con los deberes. Pero por la noche teníamos una última cita pendiente.

La final del Mundial. Y esta vez no éramos unos pocos. Nos reunimos muchísima gente del curso para ver el partido juntos. Compañeros chinos, mexicanos, estadounidenses, italianos, españoles… prácticamente una pequeña representación internacional de la Summer School reunida para ver quién se llevaba la Copa del Mundo.

Y ahí apareció una de esas cosas que me resultan especialmente interesantes del fútbol.

Siempre me ha llamado la atención cómo los Mundiales consiguen generar una identidad colectiva tan fuerte incluso entre personas que, en circunstancias normales, no tienen absolutamente nada que ver entre sí. Después de pasar dos semanas con compañeros de países diferentes, ver cómo todos acababan implicándose emocionalmente con un partido de España era bastante curioso. De hecho, algún día me gustaría leer algún estudio antropológico serio sobre cómo se viven los Mundiales en diferentes sociedades. Tengo la sensación de que son uno de esos pocos fenómenos capaces de generar emociones colectivas de una manera tan intensa y transversal.

Y aquella noche, al menos en nuestro pequeño grupo internacional, todos parecían querer que ganara España.

Finalmente, España se proclamó campeona del mundo por segunda vez, dieciséis años después del título de 2010. La final terminó 1-0 contra Argentina, con el gol decisivo del tiburón Ferran Torres en la prórroga. La celebración dentro del grupo fue bastante divertida, y hubo un detalle que me hizo especial gracia.

Después del partido, nuestra en teoría muy formal profesora nipona nos escribió a los pocos españoles que había en el grupo para felicitarnos por la victoria. El mensaje venía acompañado de varios emojis. What a night. Segunda estrella para España y segunda semana completada. Y todavía nos quedaban tres semanas…

Semana 3

Día 14. Lunes 20 de julio de 2026. Un lunes tranquilo y una noticia enorme.

Después de dos semanas bastante intensas, el lunes 20 fue probablemente uno de los días más aburridos de toda la estancia. Y tampoco pasa nada. Tuvimos el quiz reglamentario, hice algunas gestiones relacionadas con el dosier de Hispania Sacra y dediqué bastante tiempo a organizar cuestiones pendientes.

Pero, en medio de aquella rutina, llegó una noticia que me alegró muchísimo el día. Una editorial que tengo en una estima altísima me confirmó que estaba interesada en uno de los libros que tengo entre manos, y del que había enviado el manual de presentación unos días atrás. No puedo contar mucho más todavía, pero fue de esas noticias que te hacen mirar el correo electrónico dos veces para asegurarte de que has leído bien.

Después de tantos meses trabajando en este proyecto, recibir una respuesta así hizo muchísima ilusión. ¡Pronto contaré más!

Día 15. Martes 21 de julio de 2026. Venecia, Japón y un poco de Hearts of Iron IV.

Desde martes 21 Venecia acogía actividades relacionadas con el European Association for Japanese Studies (EAJS), una de las principales asociaciones académicas europeas dedicadas al estudio de Japón. Encontrarse en la ciudad con investigadores y actividades relacionadas con los estudios asiáticos mientras nosotros estábamos allí haciendo japonés y chino clásico era una de esas casualidades que enriquecen la experiencia.

Entre clases, algún que otro descanso y alguna siesta —porque el cansancio empezaba a acumularse— también tuve tiempo para desconectar un poco jugando a Hearts of Iron IV. También conseguimos sacar un rato para ir al gimnasio.

Poco a poco iba encontrando una rutina más o menos sostenible entre clases, estudio, ejercicio y algo de ocio. Pero a partir de esta semana ya empecé a notar signos de agotamiento.

Día 16. Miércoles 22 de julio de 2026. Llegan refuerzos.

Este día fue bastante especial porque llegó parte de la familia a Venecia. Por la mañana todavía tuvimos clases y continuamos avanzando con el curso, pero también empezábamos a cerrar una primera etapa del programa: las clases centradas específicamente en kobun. Después de varias semanas estudiando gramática, auxiliares y textos clásicos, comenzábamos a dejar atrás la primera parte del curso.

Por la tarde tocaba recibir a la familia y tuvimos una primera cena juntos. Aunque, siendo sinceros, tampoco es que les faltaran excusas para venir a Venecia, hehe.

Día 17. Jueves 23 de julio de 2026. Murano, San Michele y una tarde sobre el agua.

Con la familia ya instalada, aprovechamos el día para conocer algunas de las islas de la laguna. Comimos en Piazza Santa Margherita y nos dirigimos a San Michele, la isla que alberga el histórico cementerio de Venecia.

Después de las clases nos dirigimos a Murano, famosa en todo el mundo por su tradición vidriera. La fabricación de vidrio se trasladó desde Venecia hasta Murano a finales de la Edad Media, entre otras razones para controlar mejor esta actividad y reducir el riesgo de incendios en la ciudad. Con el tiempo, los artesanos muraneses desarrollaron una reputación extraordinaria y la isla terminó convirtiéndose prácticamente en sinónimo de vidrio de la más alta calidad.

Aquí podéis algunas obras de estos artistas. En ese caso en forma de mis querídisimos ciervos.

Hicimos buena parte de los desplazamientos en vaporetto, y las vistas desde el agua fueron sencillamente espectaculares. La tarde nos regaló además una golden hour increíble, así que entre los canales, las islas, los edificios y la luz de última hora salieron unas cuantas fotografías bastante serias.

Para terminar el día, tocaba hacer algo todavía más veneciano: una cena de cicchetti, las pequeñas raciones típicas de los bacari venecianos. Un día bastante completo donde los haya.

Día 18. Viernes 24 de julio de 2026. Del Kanbun a San Marino.

Y entonces llegó uno de los cambios de escenario más grandes de todo el viaje.

Por la mañana comenzamos con Kanbun (漢文), es decir, la lectura japonesa de textos escritos en chino clásico.

Y aquí el asunto se complicó bastante. El Kanbun surge de una realidad fundamental de la historia cultural de Japón: durante siglos, el chino clásico fue la gran lengua escrita de prestigio de Asia Oriental. Los japoneses utilizaron textos chinos para escribir y transmitir conocimientos históricos, religiosos, filosóficos, administrativos y literarios, desarrollando métodos propios para leerlos y adaptarlos a la lengua japonesa.

Por eso puedes encontrarte con un texto que está escrito con caracteres chinos pero que, al mismo tiempo, los japoneses leen siguiendo una estructura gramatical japonesa. Parece sencillo.

No lo es.

Después de varias semanas peleándonos con el kobun, enfrentarnos al Kanbun fue como descubrir que todavía quedaba otro nivel de dificultad.

Terminamos las clases, comimos rápidamente en casa y comenzó «la gran migración». Destino: San Marino.

Llevaba bastante tiempo obsesionado con conocer este pequeño país, así que no podía dejar pasar la oportunidad de tenerlo relativamente cerca. San Marino es uno de los microestados europeos y, con algo más de 60 km², es diminuto incluso para los estándares de los países pequeños. Su historia está vinculada tradicionalmente a San Marino, un cantero cristiano que habría fundado la comunidad en el Monte Titano en el siglo IV, aunque la historia institucional de la república se consolidó progresivamente durante la Edad Media.

Su supervivencia como estado independiente es una de las grandes rarezas de la historia europea. Durante el proceso de unificación italiana mantuvo su soberanía y, en 1849, llegó a acoger a Giuseppe Garibaldi y a sus seguidores cuando se encontraban perseguidos tras la caída de la República Romana. La relación entre Garibaldi y San Marino acabaría convirtiéndose en uno de los episodios más recordados de la historia moderna del pequeño país.

Para llegar alquilamos un Renault Captur. Parece ser que todo el mundo estaba obsesionado con evaluarme en Italia porqué hasta el coche me ponía nota de cómo conducía. Te puntuaba cosas como el uso de los frenos, la aceleración, los cambios de marcha y diferentes aspectos de la conducción.

El viaje hasta San Marino fue precioso. En lugar de ir directamente por la costa, atravesamos el interior de Italia y pudimos disfrutar de un paisaje completamente diferente al de Venecia. La vuelta la haríamos por el Adriático, así que conseguimos hacer una pequeña ruta circular.

Al llegar cenamos delante del hotel. Y, para mi sorpresa, San Marino no era tan caro como esperaba.

Después salimos a dar una primera vuelta por el casco histórico, ya de noche, y empezamos a descubrir una ciudad medieval encaramada sobre el Monte Titano, con fortificaciones, calles estrechas y unas vistas impresionantes. Y además, sin planearlo, nos encontramos con algo: Ese fin de semana comenzaba San Marino Antiqua, una celebración de recreación histórica que convertía el casco antiguo en una especie de escenario medieval, con grupos históricos, mercados, demostraciones de oficios, combates, música y torneos.

Día 19. Sábado 25 de julio de 2026. Las tres torres de San Marino.

El sábado tocaba descubrir San Marino de verdad. Primero nos dedicamos a recorrer las carreteras que ascienden hacia el centro histórico. Las curvas serpenteantes del Monte Titano y el paisaje de los alrededores me recordaron bastante a Andorra: un territorio pequeño, montañoso, bastante próspero y con una concentración sorprendente de coches caros.

Una vez arriba, empezamos a recorrer el centro histórico. Una de las cosas que más me llamó la atención fue encontrar, en la puerta principal de acceso, en piedra, diferentes símbolos relacionados con las tres grandes religiones monoteístas / abrahámicas. Después visitamos la Basílica de San Marino, que me pareció preciosa y, sobre todo, muy bien conservada. Todo estaba especialmente cuidado y se notaba que el país estaba preparando una visita papal que tendría lugar posteriormente.

Pero lo mejor estaba todavía por llegar. Subimos a las famosas Tres Torres de San Marino: Guaita, Cesta y Montale.

Así dominan las torres de San Marino sus alrededores.

Las tres fortificaciones se encuentran sobre los tres puntos principales del Monte Titano y son probablemente el símbolo más reconocible del país. La Guaita es la más antigua y se remonta al siglo XI; la Cesta, situada en el punto más elevado del monte, alberga actualmente el Museo de Armas Antiguas; y la Montale, la más pequeña, cumple una función principalmente paisajística y defensiva histórica y solo puede visitarse desde el exterior (me quedé con las ganas).

Subir a las torres fue una pasada. Los propios museos están integrados dentro de las fortificaciones, algo que tampoco sorprende demasiado cuando recuerdas que estás en un microestado con un espacio bastante limitado. La Cesta, además, alberga el Museo de Armas Antiguas, con una colección de armas y armaduras de diferentes épocas.

Después tocó comer y continuar con el paseo.

Visitamos también el Museo di Stato, que conserva piezas relacionadas con la historia y el patrimonio de la República, y conseguimos localizar la Universidad de la República de San Marino. Me hizo bastante gracia, no sé, ver un país con poco más de treinta mil habitantes tiene su propia universidad. Y, además, estaba bastante escondida.

Después tocaba volver al coche. La ruta de regreso la hicimos por la costa del Adriático, disfrutando de un paisaje completamente diferente al de la ida. En apenas un día y medio habíamos pasado de Venecia a conducir por el interior italiano, dormir en un microestado, recorrer fortalezas medievales y terminar viendo el Adriático.

In and out. Una pequeña aventura dentro de otra aventura.

Día 20. Domingo 26 de julio de 2026. Volver a la rutina.

Después de la escapada a San Marino, el domingo tocaba bajar un poco las revoluciones. Fue un día de descanso y estudio.

Había que volver a mirar apuntes, organizar todo lo aprendido durante la semana y, sobre todo, recuperar fuerzas. Porque la Summer School continuaba. Y después de haber pasado ya tres semanas en Venecia, empezaba a tener la sensación de que el tiempo estaba corriendo demasiado rápido.

Semana 4

Día 21. Lunes 27 de julio de 2026. Vuelta al ruedo.

Después del fin de semana de descanso, tocaba volver a la realidad. Y la realidad era, una vez más, un examen. Pero esta vez las cosas fueron bastante mejor. Empezaba a notar que todo el trabajo de las semanas anteriores estaba dando sus frutos y conseguí sacar mi primera buena nota del curso. Ya… Slow learner.

No era solamente una cuestión de aprobar. Por fin empezaba a tener la sensación de que estaba entendiendo realmente cómo funcionaba el kobun y que podía enfrentarme a los textos con algo más de seguridad. Eso sí, el curso no tenía ninguna intención de bajar el ritmo. Seguimos avanzando a marchas forzadas con el Kanbun, que cada vez ocupaba más espacio en las clases. Después de haber sufrido bastante con los primeros textos, empezaba poco a poco a entender los mecanismos que utilizaban los japoneses para leer el chino clásico.

Comida express y, sin demasiado tiempo para pensar, escapada a Padua. Padua está relativamente cerca de Venecia y el viaje en tren es bastante sencillo, así que era una de esas excursiones que teníamos pendientes. Una de las primeras cosas que hicimos fue entrar en una librería y encontrar algo que no esperaba: un manga de Frieren en italiano. Evidentemente, no podíamos irnos sin él.

Después visitamos la Basílica de San Antonio de Padua, uno de los grandes centros religiosos de la ciudad y uno de los edificios más reconocibles de Padua. La basílica está dedicada a San Antonio, uno de los santos más venerados de la tradición católica, cuyos restos se conservan precisamente allí. El edificio es una auténtica mezcla de estilos, con influencias románicas, góticas y bizantinas, y sus enormes cúpulas dominan buena parte del perfil de la ciudad.

Foto de la Basílica y sus bóvedas

Después tocó simplemente pasear por Padua, descubrir sus plazas, calles y edificios históricos y disfrutar un poco de la ciudad antes de volver. Y, por supuesto, al regresar a Mestre nos esperaba la realidad. Deberes.

Dropbox no perdona.

Día 22. Martes 28 de julio de 2026. Arte veneciano.

El martes volvimos a la rutina habitual de clases. Después nos desplazamos hasta Santa Margherita, donde comimos una lasaña que, sinceramente, estaba increíble. Ya había descubierto que en Italia es bastante difícil comer mal, pero aquella lasaña estaba jugando en otra liga.

Después tocó una visita cultural bastante más seria: las Gallerie dell’Accademia. El museo alberga una de las grandes colecciones de pintura veneciana del mundo, con obras que permiten recorrer la evolución artística de la ciudad desde la Edad Media hasta el siglo XVIII. Allí se encuentran piezas de artistas fundamentales de la tradición veneciana como Bellini, Giorgione, Tiziano, Tintoretto o Veronese.

Tras días estudiando textos japoneses, resultaba bastante agradable dedicar unas horas a algo completamente diferente.

Día 23. Miércoles 29 de julio de 2026. Confucio entra en escena.

Las clases continuaban y aquel día llegó uno de esos momentos que, desde el punto de vista académico, me hacía especial ilusión. Comenzamos a trabajar con Confucio. Por primera vez nos enfrentábamos directamente a textos confucianos en chino clásico y, por tanto, a una tradición intelectual que había tenido una influencia enorme en la historia de Asia Oriental.

Para mí tenía un interés especial porque permitía entender mejor cómo funcionaba ese universo textual que posteriormente fue leído, reinterpretado y utilizado también en Japón.

Por la tarde conseguí sacar algo de tiempo para ir al gimnasio y después nos juntamos varios compañeros del curso para jugar al pádel. Fue una buena manera de desconectar un rato.

Día 24. Jueves 30 de julio de 2026. Una tarde en el Lido.

Después de las clases necesitaba desconectar. Volvimos a la residencia, hice una pequeña siesta y, cuando recuperé algo de energía, cogimos el vaporetto rumbo al Lido di Venezia. La isla es conocida por sus playas y por albergar cada año el famoso Festival Internacional de Cine de Venecia. Después de varios días recorriendo calles, iglesias, bibliotecas y museos, cambiar los canales por la playa se agradecía bastante.

La zona era preciosa y el paseo marítimo tenía muchísimo encanto.

La única pega fue la playa. Había bastante suciedad y, además, da la sensación de que las mejores zonas están ocupadas principalmente por establecimientos privados. Es una de esas pocas cosas de Italia que no me terminaron de convencer: después de pagar tanto por alojamientos, transporte y demás, encontrarte con que una buena parte de las playas funcionan prácticamente como espacios privados resulta un poco frustrante.

Pero bueno, tampoco iba a dejar que eso arruinara la tarde. Terminamos tomando un Aperol y comiendo una pizza de mortadela y pistacho mientras veíamos caer el sol.

Y ahí sí, Venecia volvía a ganar.

Día 25. Viernes 31 de julio de 2026. Bibliotecas, barcos y una noche veneciana.

El viernes comenzó con las clases habituales y un nuevo quiz de kuzushiji. A esas alturas ya estábamos bastante acostumbrados a enfrentarnos a aquellos caracteres que al principio parecían garabatos imposibles. Después comimos con Lauren, nuestra profesora asistente, y aprovechamos para tomar algo en algunas cafeterías de la zona.

Seguidamente visitamos la biblioteca CFZ de Ca’ Foscari, una de las grandes bibliotecas de la universidad. Sus fondos son especialmente interesantes para los estudios asiáticos y, para alguien que trabaja con la historia de Japón de los siglos XVI y XVII, aquello era prácticamente entrar en una mina de oro documental. Encontré una cantidad considerable de materiales relacionados directamente con mi tema de investigación. Ahora a ver como me lo monto para trabajarlo todo… habrá que volver, pues había numerosos materiales que pueden ser útiles para mi tesis y que difícilmente habría podido descubrir desde Barcelona.

Y entonces llegó una sorpresa de la universidad. Nos habían preparado un recorrido en barco por la laguna.

Nuestra carroza

Así que nos subimos y comenzamos a recorrer Venecia desde una perspectiva completamente diferente. Pasamos por el Arsenale, uno de los grandes centros históricos de la construcción naval veneciana y uno de los lugares fundamentales para entender el poder marítimo que llegó a tener la República de Venecia.

Además, hacía apenas unos meses había sido escenario de una boda bastante más mediática: Jeff Bezos celebró allí parte de su boda con Lauren Sánchez, un acontecimiento que generó una enorme polémica en la ciudad por las restricciones y cierres de determinadas zonas.

Desde allí continuamos hacia Sant’Erasmo, una de las islas más grandes de la laguna y tradicionalmente vinculada a la producción agrícola que abastecía a Venecia. Finalmente llegamos a Mazzorbo. Allí cenamos mientras el sol comenzaba a desaparecer detrás de la laguna. De esas cenas en las que prácticamente no hace falta hablar demasiado.

El paisaje hace todo el trabajo.

Después tocó volver a Venecia ya completamente de noche. Y, como era viernes, terminamos saliendo a tomar algo con varios compañeros del curso. Una noche bastante redonda, sin duda.

Día 26. Sábado 1 de agosto de 2026. Descanso y recuperación.

Después de la noche anterior, el sábado tocaba bajar el ritmo. Y también, para qué engañarnos, resaca. Pasé buena parte del día tranquilamente en la residencia, descansando y recuperando fuerzas.

Además, descubrí que teníamos un par de recursos fundamentales para esos momentos: una mesa de ping-pong y un futbolín, así que echamos la tarde allí con los compañeros que se hospedaban en la resi.

Día 27. Domingo 2 de agosto de 2026. Un viejo amigo en Forte Marghera.

El domingo tocaba volver a estudiar. Deberes, repaso y gimnasio para empezar a recuperar la rutina después del fin de semana.

Pero aquel día tuvimos una sorpresa especialmente agradable.

Nos reencontramos con un antiguo compañero del máster al que hacía bastante tiempo que no veía. Quedamos en Forte Marghera, precisamente al lado de la residencia, y aprovechamos para ponernos al día y dar un paseo. Después nos fuimos hacia Venecia, donde hicimos lo que uno empieza a hacer casi automáticamente después de varias semanas allí: cicchetti y Aperol.

Un paseo por la ciudad, algo de comida, una buena conversación y un rato para desconectar.

Pero, por desgracia, tocaba volver a casa. El lunes, como casi siempre, había examen.

Semana 5

Día 28. Lunes 3 de agosto de 2026. El último quiz y el lago de Garda.

Entrábamos en la última semana. Y tocaba último quiz. A estas alturas ya llevábamos varias semanas durmiendo poco, acumulando deberes y aprendiendo una cantidad bastante absurda de gramática japonesa, así que el cansancio empezaba a notarse de verdad.

Después de las clases quedamos con mi compañero en Piazzale Roma para comer. Y aquí vino uno de los grandes favores de los últimos días: como es un majo, se ofreció a llevarnos en coche de excursión. Destino: el lago de Garda.

El viaje fue una auténtica pasada. Recorrimos buena parte de los alrededores del lago en coche, pasando por lugares como Torri del Benaco y Riva del Garda. Y si nunca habéis estado allí, hay algo que sorprende muchísimo: el lago es tan enorme que por momentos parece directamente un mar. Montañas alrededor, agua hasta donde alcanza la vista y pequeños pueblos pegados a la orilla. El paisaje era espectacular y fue una manera perfecta de desconectar durante unas horas de Venecia y del japonés clásico.

Después tocó volver.

Y como era nuestra última semana, aprovechamos el viaje de regreso para montar una pequeña banda sonora internacional: música en catalán, castellano, italiano e inglés. Cuatro idiomas en un coche italiano recorriendo el norte de Italia. Muy apropiado.

Por la noche tuvimos además una cena de despedida con este chico. Y después de cenar…

Deberes, hasta bastante tarde. Porque el Dropbox seguía sin tener piedad.

Eso sí, aquel día tuvimos una traducción especialmente interesante: una crónica sobre la batalla de Kawanakajima, uno de los grandes episodios militares del Japón del siglo XVI. Las batallas de Kawanakajima enfrentaron en varias ocasiones a Uesugi Kenshin y Takeda Shingen, dos de los grandes daimyō del período Sengoku. Las campañas tuvieron lugar en la región de Shinano, en el centro de Japón, y se convirtieron en uno de los enfrentamientos más famosos de la época.

La cuarta batalla, en 1561, es especialmente célebre por el supuesto enfrentamiento directo entre Kenshin y Shingen, aunque buena parte de los detalles transmitidos posteriormente pertenecen también al terreno de la tradición y la construcción legendaria. Para mí, como historiador especialista en el Japón de la Edad Moderna, fue una traducción especialmente divertida. Por fin un texto en el que, además de intentar entender los jōdōshi, aparecían batallas, ejércitos, nombres de personajes históricos y terminología militar.

Mucho más cerca de mi terreno.

Día 29. Martes 4 de agosto de 2026. Última Special Lecture.

Ese día tuvimos las clases habituales y una corrección que disfruté especialmente porque apareció bastante terminología militar japonesa. Durante la clase apareció además el nombre de Thomas Conlan, uno de los grandes especialistas contemporáneos en historia militar japonesa medieval de Princeton. Me lo apunté inmediatamente, porque es precisamente el tipo de bibliografía que quiero explorar más a fondo de cara a mi investigación.

Después llegó la última Special Lecture a la que fuimos del programa. Nuestra profesora nos habló de los yellow books, la literatura popular y los libros humorísticos del Japón de época Edo.

Fue una conferencia bastante diferente a las que habíamos tenido durante las semanas anteriores y sirvió también como una buena manera de cerrar el programa, mostrando cómo la cultura escrita japonesa iba mucho más allá de los grandes textos clásicos que habíamos estado trabajando en clase. Después de eso, tocaba una combinación bastante menos académica:

Siesta.

Gimnasio.

Y cena en casa.

A esas alturas ya había asumido que dormir era prácticamente una actividad opcional.

Día 30. Miércoles 5 de agosto de 2026. Sushi, deberes y la campaña con China.

El miércoles continuamos con las clases y seguimos trabajando los últimos contenidos del curso. Pero aquel día llegó una recompensa bastante seria.

Sushi al fallo.

Fuimos a uno de esos restaurantes de buffet en los que puedes pedir sushi hasta que tu cuerpo empieza a plantearse si realmente era necesario. Tanto que después tocó una buena siesta para intentar recuperarnos de semejante barbaridad. Por la tarde volvieron los deberes.

Y, para desconectar un poco, retomé mi partida de Hearts of Iron IV. La campaña con China estaba llegando a momentos decisivos y, después de tantas horas estudiando historia japonesa, me pareció perfectamente razonable dedicar parte de la tarde a conquistar medio Asia desde el ordenador.

Prioridades.

Día 31. Jueves 6 de agosto de 2026. La última clase.

Ya estaba aquí. La última clase. Después de cinco semanas de kobun, Kanbun, jōdōshi, kuzushiji, traducciones, quizzes y deberes diarios, llegaba el momento de cerrar oficialmente las clases. Fue una sensación bastante extraña.

Por un lado, había ganas de terminar. El cansancio acumulado era considerable y llevábamos semanas trabajando a un ritmo bastante fuerte.

Pero, por otro, empezaba a aparecer esa sensación tan habitual de que justo cuando empiezas a acostumbrarte a algo, se acaba. Últimas explicaciones gramaticales. Últimas traducciones. Últimos apuntes. Última vez subiendo deberes al Dropbox.

Después comimos en casa y tocaba hacer una última cosa: estudiar muchísimo. El examen final estaba al día siguiente y no precisamente por poco. Así que el jueves fue, sobre todo, un día de estudio intensivo. Había que intentar meter en la cabeza cinco semanas de contenido.

Día 32. Viernes 7 de agosto de 2026. El examen final.

Y llegó el día que llevábamos esperando desde el principio. El examen final, un examen de 3 horas que no tuvo piedad. Después de semanas de preparación, finalmente tocaba demostrar todo lo que habíamos aprendido. Al terminar volvimos a casa completamente fundido.

Resto del día: descanso. Bueno, descanso relativo.

También aprovechamos para cerrar mi campaña de China en Hearts of Iron IV. Almenos conseiguimos nuestro logro. Tras una buena spanish siesta, llegó el momento que realmente estábamos esperando:

la fiesta de despedida.

Fue un sitio muy bonito el que nos hospedó en este evento.

La universidad había preparado una celebración para todos los participantes y el ambiente fue espectacular. Comida gratis, bebida prácticamente ilimitada y, sobre todo, muchísimas ganas de celebrar después de cinco semanas de trabajo. Allí estábamos estudiantes de muchísimos países diferentes, profesores y miembros del equipo del programa, todos juntos después de haber compartido una experiencia bastante intensa. Y aunque oficialmente la fiesta terminó, algunos todavía teníamos ganas de seguir.

Así que acabamos tomando algo por la zona de Piazza Ferretto, en Mestre, antes de volver a la residencia. Fue una gran noche.

Día 33. Sábado 8 de agosto de 2026. Hasta la próxima, Venecia.

Último día, fue el día de las maletas, la revisión de habitación y los papeleos para el check-out de la resi. Estoy casi seguro de que me dejé algo, como ya estradición para mí.

Después de cinco semanas, tocaba abandonar Venecia.

Habían sido semanas bastante intensas: muchísimo estudio, poco sueño, deberes prácticamente todos los días, exámenes, traducciones y una cantidad enorme de contenido nuevo. Pero también habían sido cinco semanas de conocer gente de todo el mundo, descubrir bibliotecas increíbles, visitar lugares que llevaba mucho tiempo queriendo conocer, reencontrarme con amigos, viajar por Italia y, sobre todo, aprender muchísimo.

Agradecimientos y reflexiones de esas que tiene uno

Nos gustaría terminar esta entrada dando las gracias a todos los compañeros, profesores y universidades implicadas en la Summer School. Gracias por convertir estas cinco semanas en una experiencia tan útil, intensa y enriquecedora, y por conseguir reunir en Venecia a personas procedentes de tantos países diferentes alrededor de algo tan apasionante como el estudio del Japón clásico.

Ha sido, sin duda, una de esas experiencias que le marcan a uno, especialmente por tener lugar en una de las ciudades más fascinantes del mundo. Gracias, gracias, y mil gracias.

Espero poder volver pronto.