La otra dimensión del samurái: mujeres, clase social y
construcción del mito

Subyugación de Kagoshima en Sasshu (Satsuma, Kyūshū). Escena de mujeres samurái con naginata luchando contra tropas modernas en uniforme imperial

I. Guerra y contingencia: la participación femenina en el periodo Sengoku

En el Japón de los siglos XV y XVI, la guerra no era una realidad de episodios puntuales, sino el paisaje social y político habitual. El periodo Sengoku fue una larga secuencia de campañas, alianzas rotas y asedios, y en ese contexto el término “samurái” describe, ante todo, una función: la del guerrero al servicio de un señor. Esto importa porque, cuando la vida política se organiza alrededor de la violencia armada, la frontera entre “quién combate” y “quién no combate” se vuelve mucho más porosa de lo que solemos imaginar desde una mirada contemporánea. No se trata solo de ejércitos en campo abierto; una parte enorme del conflicto se concentraba en castillos, fortalezas y poblaciones sitiadas. Y cuando un castillo es atacado, la lógica cambia: la defensa no es un gesto heroico aislado, sino una necesidad colectiva.

Aquí es donde la presencia femenina deja de ser una nota al margen. Las mujeres de linaje guerrero (que en la historiografía y divulgación contemporáneas suelen aparecer bajo la etiqueta onna-bugeisha) no representan únicamente “casos excepcionales” tipo Tomoe Gozen; reflejan una realidad estructural: las casas samurái eran unidades familiares y políticas, y su supervivencia dependía de que el espacio doméstico (en sentido amplio: residencia, almacenes, dependencias internas, herederos, servidores) pudiera sostenerse en situaciones de crisis. En un entorno donde la caída de una fortaleza podía implicar muerte, cautiverio o violencia sexual, la defensa del recinto y del linaje se volvía un asunto de vida o muerte. Esto explica por qué, en determinados episodios, mujeres armadas aparecen no como anomalía romántica, sino como resultado lógico de un sistema en guerra.

La guerra en el Japón medieval no puede entenderse solo como un fenómeno “profesional” moderno, separado de la estructura social; las relaciones de servicio, parentesco y obligación marcaban quién luchaba, cuándo y por qué, y eso afectaba a la vida cotidiana de las casas guerreras. Dicho de otra forma: si el conflicto atraviesa la organización familiar y territorial, también atraviesa los roles de quienes sostienen esa familia y ese territorio. No hace falta convertir a “todas” las mujeres en combatientes para reconocer que, bajo presión extrema, la participación armada femenina podía ser una respuesta funcional.

Además, lo que a veces se pierde en el debate público es que gran parte de esta discusión no se apoya solo en relatos literarios, sino en indicios más fríos: por ejemplo, análisis bioarqueológicos de restos en contextos de batalla que sugieren una presencia femenina mayor de la esperada en ciertos escenarios del siglo XVI. Ese dato, por sí solo, no autoriza a afirmar que “la mitad” de los samuráis fueran mujeres, pero sí obliga a abandonar la idea de una guerra exclusivamente masculina. La clave interpretativa no es pensar en un “ejército mixto” permanente, sino en situaciones concretas (especialmente asedios y defensas) donde el cuerpo social del castillo se moviliza porque el castillo, literalmente, es el mundo.

II. El periodo Edo y el cambio estructural: del guerrero al estamento

Con el establecimiento del shogunato Tokugawa en 1603 no solo comienza un nuevo periodo político: comienza una transformación profunda del significado social del término “samurái”. Tras más de un siglo de guerras civiles intensas, la prioridad del nuevo régimen fue la estabilidad. Y la estabilidad exigía algo fundamental: monopolizar la violencia.

En este nuevo marco, el samurái deja de definirse principalmente por su práctica constante de la guerra. La función militar no desaparece por completo, pero deja de ser el eje cotidiano de la identidad. En su lugar, emerge un estamento hereditario con privilegios jurídicos claros: derecho a portar espada, estipendio, posición jerárquica reconocida y obligaciones administrativas.

La energía marcial que había estructurado la vida política durante el Sengoku fue canalizada hacia formas de disciplina interna, ritualización del honor y autocontrol moral. La espada ya no era instrumento de guerra diaria; se convirtió en símbolo visible de estatus. El samurái pasó a ser funcionario, administrador de dominios y ejecutor de políticas locales.

Este cambio no es menor. Significa que, en el periodo Edo, “samurái” designa ante todo una categoría social y legal, no una función militar activa.

Cuando en el siglo XVI hablamos de mujeres vinculadas a la defensa armada, estamos hablando de un entorno en el que el combate era estructural. Pero cuando en el siglo XVII y XVIII hablamos de “mujeres samurái”, nos referimos a mujeres nacidas en familias pertenecientes a un estamento privilegiado cuya función principal ya no es guerrear, sino sostener un orden político estable.

El samurái medieval y el samurái de Edo no son equivalentes funcionales.

En este contexto, la identidad samurái se desplazó desde la violencia externa hacia la autorregulación interna. Y cuando cambia la definición estructural del estamento, cambian también las expectativas de género dentro de ese estamento.

La mujer ya no es potencial combatiente en un mundo de asedios frecuentes; es integrante de una clase cuya función es garantizar continuidad, estabilidad y honor dentro de un sistema jerárquico cuidadosamente regulado.

III. Género y normativización en el periodo Edo: la mujer como garante del orden

Si el periodo Sengoku estaba estructurado por la guerra, el periodo Edo lo estuvo por el orden. Y el orden Tokugawa no se sostuvo únicamente mediante coerción política, sino también a través de una intensa producción normativa. En ese proceso, el género fue una pieza central.

La consolidación del neoconfucianismo como marco ideológico del régimen reforzó una visión jerárquica del mundo donde cada individuo debía ocupar un lugar claramente definido. La armonía social dependía de que cada parte asumiera su rol con disciplina. En ese esquema, la mujer de clase samurái fue progresivamente redefinida como garante moral del hogar y, por extensión, del estamento.

No se trató de una “invención repentina” de la subordinación femenina (las jerarquías de género existían antes), sino de su sistematización y codificación más explícita. Textos pedagógicos como el Onna Daigaku (Gran aprendizaje para mujeres), difundido ampliamente en el periodo Edo, articulan con claridad este ideal. En él se afirma que la mujer debe obedecer primero al padre, luego al marido y finalmente al hijo, y que su virtud principal es la modestia y la sumisión. Aunque la autoría tradicionalmente atribuida a Kaibara Ekiken es debatida, el texto refleja una sensibilidad ampliamente compartida en la época.

Sin embargo, reducir esta redefinición a “confinamiento doméstico” sería simplista. El hogar samurái en Edo no era un espacio puramente privado en sentido moderno. Era una unidad económica, política y simbólica fundamental para la estabilidad del sistema Tokugawa. Las mujeres de clase samurái gestionaban presupuestos, supervisaban personal, organizaban alianzas matrimoniales estratégicas y protegían la reputación familiar. El honor no era una abstracción romántica; era capital social y político.

La mujer samurái en Edo, por tanto, no desaparece del poder: se desplaza hacia el núcleo que sostiene el poder.

Este desplazamiento coincide con la transformación del propio ideal samurái. El bushidō, tal como lo entendemos hoy, es en gran medida una construcción tardía del periodo Edo y especialmente de la era Meiji. Lo que originalmente fue una práctica marcial se convierte progresivamente en un código moral idealizado. La violencia se ritualiza; la espada se simboliza; el honor se interioriza.

Del mismo modo, la mujer armada del contexto Sengoku se convierte en Edo en figura de disciplina, contención y virtud heredera de una tradición marcial, pero ya no definida por su ejercicio constante.

Incluso la persistencia de la naginata en la educación femenina adquiere otro significado. Ya no responde a la necesidad cotidiana de resistir asedios, sino a la preservación simbólica de una herencia guerrera que ahora funciona como marcador de estatus y de identidad cultural. La práctica se mantiene, pero su función social cambia.

En términos estructurales, la redefinición femenina en Edo fue paralela a la redefinición masculina. El hombre samurái dejó de ser guerrero permanente para convertirse en administrador disciplinado. La mujer samurái dejó de ser combatiente contingente para convertirse en garante moral y gestora interna del linaje.

IV. De estamento a mito: la masculinización del samurái en la era Meiji

La Restauración Meiji de 1868 no solo transformó las instituciones políticas japonesas; transformó también la manera en que el pasado fue narrado. El nuevo Estado, en su esfuerzo por modernizarse y competir con las potencias occidentales, necesitaba símbolos cohesionadores. Y el samurái (abolido oficialmente como estamento) se convirtió en uno de esos símbolos.

Aquí se produce una paradoja histórica: justo cuando la clase samurái desaparece jurídicamente, su imagen se eleva a mito nacional.

Sin embargo, ese mito no reproduce fielmente la complejidad del mundo Tokugawa ni, mucho menos, del Sengoku. Selecciona ciertos elementos y descarta otros. Se exalta la lealtad, el sacrificio y la disposición a morir por el señor (ahora reconfigurado como el emperador y la nación). El samurái se convierte en antecedente moral del soldado moderno.

En este proceso, la dimensión masculina del ideal se intensifica.

El bushidō tal como se difundió en la era Meiji fue en gran medida una construcción ideológica adaptada a las necesidades del Estado-nación moderno. Se reinterpretaron prácticas y valores del pasado para legitimar un proyecto contemporáneo. El samurái pasó a ser modelo de virilidad patriótica, disciplina militar y entrega absoluta al Estado.

Dentro de esta narrativa, la figura de la mujer samurái resultaba incómoda. No porque no existiera evidencia histórica de su presencia en contextos de guerra o en la estructura del estamento, sino porque el relato nacional necesitaba una genealogía masculina clara que conectara directamente con el nuevo ejército imperial.

La modernización implicó también una reorganización del género bajo parámetros distintos, influenciados por modelos occidentales de separación entre esfera pública (masculina) y esfera privada (femenina). En ese marco, la mujer fue presentada como pilar moral del hogar nacional, mientras que la figura del guerrero se vinculó al espacio público y militar.

Así, la memoria del samurái se simplificó.

Se privilegió al guerrero varón del campo de batalla, reinterpretado como precursor del soldado moderno. Se relegaron a segundo plano tanto las funciones administrativas del samurái Edo como la participación femenina en contextos bélicos anteriores.

La invisibilización no fue necesariamente una negación explícita. Fue una consecuencia de la construcción selectiva de una tradición. Como ocurre en muchos procesos de formación nacional, el pasado se convierte en repertorio simbólico. Y todo repertorio implica elección.

Cuando hoy reaparecen datos arqueológicos que muestran una presencia femenina significativa en ciertos contextos militares del siglo XVI, no estamos “descubriendo” algo completamente desconocido para la historiografía especializada. Lo que ocurre es que esos datos chocan con una imagen heredada de la construcción ideológica Meiji y reforzada por la cultura popular posterior.

El problema no es que la historia estuviera vacía de mujeres.

El problema es que la versión canonizada del samurái fue diseñada para servir a un proyecto político concreto. Y esa versión es la que, en gran medida, seguimos imaginando cuando pensamos en la palabra “samurái”.

Conclusión: el problema no es el porcentaje, es el concepto

Volvamos a la pregunta inicial: ¿eran la mitad de los samuráis mujeres?

La respuesta breve es no. No existe evidencia que permita afirmar que el 50% de la clase samurái estuviera compuesta por mujeres combatientes. Los porcentajes elevados detectados en algunos yacimientos del siglo XVI reflejan contextos específicos (sobre todo asedios en plena guerra civil) y no la estructura global del estamento a lo largo de varios siglos.

Pero reducir el debate a una cifra es perder lo verdaderamente relevante.

El problema historiográfico no es cuantitativo. Es conceptual.

La palabra “samurái” no designa la misma realidad en el siglo XVI que en el siglo XVIII. En el periodo Sengoku, remite ante todo a una función militar dentro de un entorno estructurado por la guerra. En el periodo Edo, designa un estamento jurídico y social cuya identidad se redefine en clave administrativa, moral y simbólica. En la era Meiji, se transforma en mito nacional masculinizado al servicio del Estado moderno.

Si mezclamos esos planos, obtenemos titulares llamativos, pero históricamente imprecisos.

Las mujeres formaron parte del mundo samurái en distintos niveles: como combatientes contingentes en contextos bélicos intensos, como administradoras y garantes del linaje en el periodo de paz Tokugawa, y como figuras progresivamente desplazadas en la construcción ideológica del Japón moderno.

No fueron una anomalía romántica. Tampoco fueron “la mitad” en sentido simplista. Fueron parte de un sistema cuya definición cambió con el tiempo.

Comprender esa transformación es más importante que fijar un número.

Porque lo que está en juego no es solo la presencia femenina en el pasado japonés, sino nuestra manera de leer las categorías históricas sin congelarlas en una única imagen. Y quizá esa sea la lección más interesante: antes de preguntarnos cuántas mujeres fueron samuráis, debemos preguntarnos qué significaba realmente ser samurái en cada momento histórico.

ARTÍCULO REDACTADO POR MARTA PAY LUNA, DE LA UNIVERSIDAD DE MÚRCIA. Revisado por Raúl Cervera. Más sobre ella y su obra en Instagram: @puenteshaciaoriente.

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