Japón: El país del Sol Naciente

Abril de 2025

Después de toda una vida esperando, he tenido la oportunidad de visitar por fin el país que llevo estudiando desde que empecé la carrera de Historia en 2019 y que me ha encantado desde mi más tierna infancia: Japón. Tras meses de meticulosa preparación (desde intercambios de divisa a compra de vuelos con la antelación que suelen requerir este tipo de viajes), llegó el momento de lanzarse a la aventura.

En la siguiente publicación os explicaré cómo fue el viaje, qué lugares tuve la oportunidad de ver, qué comida probé, en qué ciudades estuve y alguna que otra recomendación que se me pueda ocurrir, en especial para aquellos de vosotros que tengáis especial interés en viajar al País del Sol Naciente desde una perspectiva un poco más histórica y cultural. ¡Empecemos!

Viernes 4 de abril de 2025. Salida desde el Aeropuerto Josep Tarradellas, Barcelona

Ilusión, muchísima ilusión. Esa es la sensación que diría que me invadía viernes 4, cuando tocó hacer el madrugón que tanto caracteriza este tipo de viajes. Para aquellos que no me conozcáis, verme de humor antes de las 7 de la mañana es ciertamente algo insólito. Pero es lo que tocaba. Había que facturar maletas y llegar puntuales. El vuelo que reservamos era con ItaAirways, básicamente porqué ofrecían la opción de hacer un único transbordo en Roma, y además, con poco tiempo de espera entre vuelos. La verdad es que muy satisfecho con la empresa. Fueron puntuales, amables, la comida estaba muy buena (había opción de menú japonés y menú italiano para elegir) y los asientos eran bastante espaciosos. Ciertamente recomendable.

Aún así, un vuelo de casi 14.500 km no es algo que apetezca hacer especialmente. Nos esperaban casi 2 horas hasta Roma, pero luego 12 horas más hasta Tokio. El segundo vuelo fue durillo, para qué mentirnos, aunque iba hasta las cejas de pastillitas para dormir (cosa que hizo que todo fuera más llevadero). El vuelo era al aeropuerto de Haneda. Para los que no conozcáis las opciones de vuelo que hay para Tokio, básicamente hay dos aeropuertos con vuelos internacionales en el área metropolitana de Tokio: Haneda (羽田空港, Haneda Kūkō) y Narita (成田国際空港, Narita Kokusai Kūkō). La primera opción (por fortuna, la nuestra) está en una isla artificial en la bahía de Tokio, muy bien conectada con el centro. La segunda, queda a más de dos horas de Tokio ciudad, así que suele una opción menos apetecible.

El aterrizaje fue un momento realmente emotivo. Mi sueño estaba a punto de cumplirse…

Foto tomada instantes antes de aterrizar en Haneda

El clima era bueno, el cielo despejado y no hacía mucho calor. Tras recoger las maletas, nos dispusimos a abordar nuestro primer reto en suelo nipón: subirnos al tren bala (新幹線, Shinkansen) hasta Osaka. Sí, después de 15 horas en el cielo, tocaban 3 horas y media más hasta la segunda capital del país. Aunque para la llegada a Osaka estábamos un poco para el arrastre, cabe decir que la experiencia en el tren (recordemos, uno de los vehículos más rápidos del mundo), fue excelente. Fue muy puntual, y de camino al sur tuvimos oportunidad de ver el Monte Fuji. Para estas fechas, el Fuji es realmente espectacular si tienes la fortuna de verlo despejado de nubes, pues aún se ven los últimos vestigios de la nieve invernal a la vez que lo ves rodeado de cerezos en flor.

Los cerezos merecen un artículo a parte. Son, sin duda, los protagonistas de los paisajes más preciosos que he visto en este viaje y probablemente en mi vida.

Llegamos al apartamento aproximadamente a las 4 de la tarde del sábado 5 de abril, y tras descargar cosas nos tocó hacernos la utilísima tarjeta ICOCA (una tarjeta que permite acceder al transporte de todo el país vía recargas con efectivo en máquinas de la estación), fuimos a pasear por la ciudad que nos iba a acoger durante la primera etapa de nuestro viaje. Para aquellos que os interese, estuvimos alojados en Tengachaya, un barrio no muy lejos del centro muy tranquilo y bien conectado que estaba en general bastante bien de precio.

Nuestro primer destino fue Dōtonbori, una de las principales avenidas de Osaka, ubicada en el sureño distrito de Namba, desde el puente Dōtonboribashi hasta el puente Nipponbashi. Es aquí donde se puede encontrar el famoso cartel de Glico Man. Se trata del mayor centro comercial y turístico de la ciudad, conocido por su vida nocturna, carteles luminosos y múltiples restaurantes. Fue aquí que probamos por primera vez la gastronomía japonesa, en concreto los Takoyaki, unas deliciosas «croquetas» de pulpo muy típicas de la región de Kansai, en la que se encuentra Osaka.

Unos Takoyaki que compramos callejeando por Dōtonbori

Paseamos por varias calles comerciales, todas ellas llenas de gente. Se notaba mucho que la Expo Osaka 2025 estaba a punto de inaugurarse, y costó encontrar un sitio para cenar. Al final, callejeando mucho y saliendo de calles principales, nos metimos en un restaurante un poco experimental en el que nos trataron fantástico y pudimos probar el Wagyū (la carne de ternera japonesa típica) y el highball (ハイボール, una bebida alcohólica curiosa que consiste en una combinación de whisky y soda). El cansancio, eso sí, empezó a hacer mella, y el paso lógico a seguir fue recogerse pronto.

1r día. Domingo 6 de abril de 2025. Osaka

Recuperada ya la energía, tocaba encarar un día nuevo. El clima se portó muy bien y pudimos empezar la aventura visitando el Sumiyoshi Taisha (住吉大社), un hermoso santuario sintoísta, de los más antiguos de Japón. Aparece en las crónicas clásicas como el Nihonshoki (日本書紀) y el Kojiki (古事記), así como en la novela Genji Monogatari y en el cuento tradicional Issunbōshi, además de la puerta de entrada a la Ruta de la Seda en Japón. Coincidió que se estaba celebrando en el santuario un matsuri (festival) dedicado a la infancia, así que el ambiente, lejos de ser dominado por mareas de turistas, fue muy familiar y agradable.

Más allá del entorno social, el santuario es un lugar realmente precioso, con varios jardines con kamis (dioses sintoístas) dispersos, así como varios lugares de culto a los que podías acceder paseando por caminos flanqueados por banderolas japonesas, las conocidas como sashimono (指物). En un principio no me fijé, pensando que su contenido en japonés eran peticiones religiosas a la salud familiar, a los difuntos, a pedir algo a los dioses, pero para mi sorpresa, a la que me empecé a fijar, la mayoría de los sashimono tenían nombres de empresas. ¡Parece que es costumbre hacer un pequeño pago a un santuario sintoísta cuando vas a empezar, si te está yendo mal en el negocio (o si te está yendo muy bien y quieres agradecerlo) para que te pongan una banderola con el nombre de tu empresa!

La espiritualidad que nos trasmitió el espacio no dejó de sorprendernos en ningún momento: la calma, la belleza, el equilibrio de la distribución de los edificios, el uso de los puentes y el agua…

El Sumiyoshi Taisha

Salimos tras pasar unas horas, no sin antes pasar a comprarnos una libreta para el goshuin (御朱印). Para los que no conozcáis que es, el goshuin es un sello (a menudo rojo) acompañado de un diseño caligráfico único, escrito a mano, que sirve como recuerdo de una visita a un santuario o templo japonés. Se ha puesto muy de moda últimamente entre los turistas. Los sellos suelen costar entre 300 y 600 円 (yenes), es decir, entre unos 2 y 4 €. Es un detalle hecho a mano que sinceramente luego hace mucha ilusión ver una vez en casa, así que os recomiendo encarecidamente que os compréis una goshuin-chō (solo aceptan hacerte el sello en estas libretas, no les llevéis las de Oxford) en cuánto encontréis alguna que os convenza, pues en cada templo y santuario que visitéis venden un modelo diferente.

Fuimos interceptados en la salida por una comitiva de una boda sintoísta, que salía del enclave principal del santuario guiada por un monje, seguido de cerca por la pareja, vestida de uno de los blancos más impecables y puros que haya visto, y tras eso la familia y amigos. Fue realmente espectacular ver a un grupo tan grande vestido de forma tradicional, rodeado de un aura tan espiritual y arropados por los cerezos que empezaban a florecer blancos. Otra de las imágenes que me va a costar olvidar. Esperamos a que acabaran de pasar todos los invitados y nos dispusimos a salir hacia el Tennōji (天王寺).

Esta vez decidimos probar una forma de transporte diferente, el tranvía, y no nos disgustó nada. Cómo se puede ver, un modelo bien vintage que nos paseó por el centro de Osaka y nos permitió ver cómodamente la ciudad.

Durante los 20 minutos del trayecto, nos sentimos como los protagonistas de un anime, viviendo toda una aventura

El Tennōji nos esperaba en la parada final del trayecto con los brazos abiertos. El complejo, de un tamaño de por si considerable, estaba rodeado de extensos jardines, con riachuelos fluyendo libremente entre las numerosas colinas que coronan el Tennōji-ku, el barrio por el que decidimos pasear un poco antes de acceder al complejo. En estas colinas era posible ver la Tsūtenkaku (通天閣), la torre que domina Osaka desde los cielos. Pudimos participar, antes de llegar al templo, gracias al agradable clima, en el hanami, es decir, la tradición japonesa de observar la belleza de las flores, aunque también se asocia esta palabra al período en que florecen los cerezos y en el que los japoneses acuden en masa a parques y jardines a contemplar sus flores. Coincidió además que montaban actividades para peques en varios espacios del parque, y el ambiente era muy familiar.

Tras comprar unos fideos soba en un tenderete, paramos en una colina en la que Tokugawa Ieyasu estuvo apostado durante el asedio de Osaka (1615), y en el que pude encontrar mucha información en paneles para mi tesis.

Tocaba pues ya acceder a ver el Shi-Tennoji, el templo per se. Después de tantos rodeos, pudimos entrar en el primer templo budista del viaje, y no decepcionó. Las pagodas del lugar lucían imponentes, y poder acceder a verlas por dentro fue sin duda toda una experiencia. En la principal nos encontramos con un monje budista que estaba recitando unos sutras a los difuntos, leyendo los nombres que le habían dejado escritos aquellos creyentes que habían hecho donaciones a lo largo de la mañana. Pudimos encender también incienso para honrar a nuestro ancestros en un espacio habilitado para ello.

El templo desde los jardines

La calma que trasmite el entorno es digna de mencionar, entre los muros y varios portones del interior del complejo, encontramos extensos jardines zen de arena (que no se pueden pisar).

Algo que me ha parecido curioso ha sido todo el tejido mercantil tradicional que tiene el templo al oeste, con muchas pequeñas tiendecillas llevadas por familias haciendo ofreciendo, desde comida rápida para salir al paso a piezas artesanales de diferente tipo. Yo decidí comprarme allí unas curiosas cartas Hanafuda (花札, algo así como ‘cartas de flores’) es una baraja de cartas karuta (barajas tradicionales de naipes japoneses), que se inventó a mediados del siglo XVI. Por lo general, son más pequeñas que las cartas occidentales, pero más gruesas y rígidas. Las compré temáticas, de la época de la unificación de Japón (1573-1603), con todos los personajes históricos que me fascinan, de un señor súper amable con el que tuve una macarrónica conversación en japonés sobre historia japonesa.

Y diréis ¿la de comer te la sabes? Pues sí, y ya tocaba probar algo típico de esta región de Kinai: el Okonomiyaki (お好み焼き, algo así como ‘el frito que te gusta’), un plato que consiste en una masa con varios ingredientes cocinados a la plancha, y que probamos en un restaurante familiar en el que nos trataron fantástico e invitaron a sake.

Con las energías repuestas nos acercamos al centro de la ciudad, y la primera parada (obviamente por mi culpa) fue en el Museo de Historia de Osaka, un edificio descomunal al lado del Castillo de Osaka, y con unas vistas espectaculares del mismo. Pese a tener 6 plantas (probablemente el museo más alto que he visitado en mi vida) con vistas maravillosas de varias zonas de la ciudad, he de decir que este museo me pareció algo caro e incompleto. Lo único que podría destacar quizás sería la exposición temporal de katanas que organizaba la Japanese Swordsmith Association, con espadas espectaculares y en MUY buen estado forjadas a lo largo de toda la historia y usadas algunas de ellas por celebres samurái. No puedo poner todas las imágenes que me gustaría porqué me temo que de algunas estaba prohibido sacar fotos.

El museo desde fuera. Gigantesco

Al salir pasamos pues al plato fuerte del día, con una construcción defensiva que hacía años que necesitaba ver: el Castillo de Osaka. Originalmente llamado Ōsaka-jō (大阪城), es uno de los castillos más famosos del país y desempeñó un papel importante en la unificación de Japón durante el período Azuchi-Momoyama del siglo XVI, siendo construido en 1583 por Toyotomi Hideyoshi, uno de los unificadores del país. Hay de hecho, un altar dentro del complejo militar (en el que se puede conseguir uno de estos bonitos goshuin que ya mencioné, los sellos) conocido como Toyokuni, cerca del cuál hay una gran estatua dedicada a este importante estatista.

El castillo está dentro del parque público del Castillo de Osaka, y fue construido en dos plataformas de terreno rellenado, con murallas a base de piedras cortadas, siendo rodeado de un pozo con agua de manera similar a los castillos europeos. El castillo tiene ocho pisos interiores (accesibles por medio de un ascensor), y cinco pisos exteriores, y fue construido sobre una base de piedra alta.

Ver esta descomunal construcción, de tan rica historia, rodeado de las personas que más quiero, en un momento del año como lo es abril (con los cerezos en flor tan blancos como la pintura de gran parte de la fortificación) y con el Sol marchándose por el horizonte, es otro de los grandes recuerdos que me llevo de este viaje.

Un destino, en mi opinión, imprescindible

Antes de recogernos tocó buscar un sitio en el qué cenar, y tuvimos suerte de que en una de las estaciones de metro que usamos cerca de Dōtonbori (en concreto Shinsaibashi), encontramos un ramen muy asequible (pero muy bueno). Jamás había comido en un restaurante bajo tierra, y menos dentro de una estación de metro, así que esa experiencia que me llevo.

2º día. Lunes 7 de abril de 2025. Nara

El segundo día no iba ser más tranquilo, así que tocó madrugar de nuevo. Nara, la primera capital imperial nipona y una de las ciudades más antiguas del archipiélago, nos esperaba. El viaje en tren fue rápido, eficiente y bastante barato. Más o menos igual que cuando usas Renfe.

La primera parada fue el Kōfuku-ji (興福寺) un templo budista de la escuela Obaku. El templo, junto a otros edificios, fueron declarados por la Unesco en 1998 como Patrimonio de la Humanidad como parte de los «Monumentos históricos de la antigua Nara».​ Formó parte del Nanto Shichi Daiji, los siete templos más importantes de la ciudad, y aunque por desgracia no pudimos ver todas sus pagodas (pues algunas estaban siendo restauradas), nos encantó el diseño del edificio principal. El paseo desde la estación es en línea recta, y a lo largo de este primer tramo ya es común empezar a ver los animalillos que acaban siendo tus acompañantes durante toda la visita: los ciervecillos, o en japonés, shika (鹿). Los ciervos, protegidos oficialmente como tesoros nacionales y considerados como mensajeros de los dioses por el sintoísmo, vagan por el terreno libremente. Son utilizados como reclamo turístico.

Los Torii son arquitectura recurrente a lo largo de toda la ciudad

Tras dar un paseo por la zona del Kōfuku-ji, nos acercamos al Parque de Nara, donde estaba apostado el primer mini ejercito de ciervos que nos encontramos en la ciudad. Nuestros protagonistas, en su afán de saciar su aparentemente insaciable hambre, perseguían a turistas (llegando a morder a alguno de ellos) en busca de unas preciadas galletas artesanales que vendían algunos locales en puestecillos alrededor del parque. No tardamos en hacernos amigos de un grupo de animales tras sobornarlos con este manjar. Lo que nos encantó fue el darnos cuenta de que si les saludas antes de darles la comida, ellos bajan la cabeza, devolviendo el saludo.

Algunos de los amigos que hicimos

Nos distrajimos allí un buen rato, así que después de llenar la memoria del móvil de fotos de ciervos, nos dirigimos al Kasuga Taisha (春日大社), un complejo sintoísta descomunal al que hay que acceder vía un largo paseo por un frondoso bosque de bambú. Hay varios santuarios habilitados para su visita, además de varios lugares en los que hacerse un goshuin. Una visita muy recomendable, especialmente por el paseo rodeado de naturaleza y torii (⛩, una puerta japonesa tradicional, que suele hallarse a la entrada de un santuario sintoísta). Nos sorprendió encontrarnos también una callejuela comercial en pleno complejo, en la que compramos algunos souvenirs. Comimos a la salida del complejo un menú de comida tradicional japonesa y compramos sándwiches para el camino.

Seguidamente nos dirigimos al Tōdai-ji (東大寺, gran templo oriental), un templo budista que alberga una estatua gigante del Buda Vairocana (llamado dainichi en japonés; significa «Buda que brilla a lo largo del mundo como el sol»), conocida como daibutsu (Gran Buda), al igual que otras grandes figuras de Buda en Japón. El templo también sirve como los cuarteles japoneses de la escuela Kegon del budismo. Aun habiendo sido reconstruido 2 veces por causa de incendios provocados por la guerra siendo así un 33% más pequeño que el original, ostenta el récord mundial siendo la construcción de madera más grande del mundo. El templo y su área circundante, junto a otros edificios, fueron declarados por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad como parte de los «Monumentos históricos de la antigua Nara» en 1998. Es una estatua muy imponente, pero está franqueada por dos estatuas (una de Vaisravana (Kubera) y una de Virūpākṣa, ambos reyes celestiales) de madera tallada con un alto detalle.

Foto de una de las estatuas de madera, la de Vaisravana (Kubera)

Para aquellos, cómo yo, fans de la película El último samurái (2003), os gustará saber que a la salida del templo se puede encontrar (a parte de un precioso jardín) un monumento funerario a la rebelión Satsuma (1877), la rebelión samurái en la que está inspirada la película.

No os mentiré, en cuanto empecé a leer la información, puse los auriculares y me dejé envolver por la banda sonora de la película. ¡Una experiencia muy personal!

El Himuro Jinja (氷室神社), o Santuario Himuro fue de nuestras últimas visitas en Nara. Este espacio de culto sintoísta fue establecido en 710, por lo que es de los más antiguos del país. Los Kami consagrados aquí incluyen a Tsugenoinagi oyamanushi no mikoto, el emperador Nintoku y Nukata no Onakatsuhiko no Mikoto (額田大仲彦命). Tsugenoinagi oyamanushi no mikoto era una figura popular que se decía que había descubierto una forma de conservar el hielo. Es a partir de esta leyenda que se ha creado una tradición de leer el futuro y la fortuna de una persona usando el hielo. Básicamente el funcionamiento es el siguiente: compras un papel pequeño en el que está tu fortuna escrita, y lo depositas sobre un hielo, que poco a poco vía el calor del entorno se va derritiendo. Con el agua, se acaba manifestando tu fortuna. Si el mensaje no te parece muy prometedor, hay la opción de colgar el mensaje en tiras de cuerdas y, vuelves a probar fortuna hasta que el mensaje sea de tu agrado (ojalá fuera así en la realidad!).

Una de mis fotos favoritas del viaje

Tras un paseo por el museo, tocó subirse al tren de vuelta a Osaka y buscar un sitio para cenar. Nos dirigimos a la estación de Shin-Imamiya, y por curiosidad nos acabamos metiendo en un Don Quijote (ドン・キホーテ), una cadena de súper bazares muy famosos en Japón, en la que nos perdimos un rato (y compramos un poco, ¿para qué mentirnos?). Me hizo muchísima gracia e ilusión encontrarme con un excompañero de trabajo y amigo de España, que parece que había estado trabajando en Niigata los últimos meses y estaba de paso por Osaka.

Esta distracción nos hizo tener las cosas un poco más complicado el buscar un sitio dónde cenar (ya se había hecho un poco tarde), así que nos paseamos un poco por la zona de Shinsekai (新世界), un antiguo barrio de la ciudad que parece que aún esté en los años 90. Entramos en un Izakaya (algo así como un bar, son muy comunes en las ciudades niponas) llevado por gente joven que nos trató muy bien. Probamos un plato de carne al estilo nanban. Nanban puede ser traducido como bárbaros del sur, que es como nos conocían los japoneses a los castellanos y portugueses en el s. XVI. Como me hizo gracia el nombre y me lo pedí. Estaba MUY MUY bueno. La salsa, con un toque de limón, simplemente espectacular.

3r día. Martes 8 de abril de 2025. Universal Studios Osaka

Hasta entonces el viaje había sido bastante cultural e histórico, pero martes 8 iba a ser algo diferente (y bastante más guiri): tocaba ir a ver el parque Universal Studios, en Osaka, uno de los parques temáticos más grandes de Japón y uno de los más famosos del mundo. Con atracciones y zonas de películas tan famosas como Jurassic Park, Tiburón o la saga de Harry Potter, realmente es un must visit, aunque sea sólo una vez. Las entradas las compramos con mucha antelación, y si os puedo recomendar algo, es que os compréis también alguna de las opciones de acceso rápido para saltaros colas (hay varias de diferente presupuesto entre las que elegir), así os aseguráis de realmente disfrutarlo. En nuestro caso, también las compramos con antelación, y aunque fuimos un poco con prisas todo el día, pudimos llegar a verlo todo, subiendo a todas las atracciones (menos la de Tiburón, que estaba cerrada). También se puede acceder comprando entradas el mismo día que decidas visitarla, pero la verdad es que tienes que madrugar mucho y rezar para que no estén agotadas al llegar.

Conclusión: Pese a que las entradas suelan volar online la fecha de apertura de ventas, ¡intentad conseguir las entradas online!

La primera parada, después de nuestro madrugón criminal reglamentario, fue a Super Nintendo World, la parte del parque que a mi personalmente más me atraía. Fue nada más entrar y nos dimos cuenta de que el «atrezzo» es realmente guapo. Nos hizo mucha ilusión poder ver «en vivo y en directo» todos aquellos personajes de nuestra infancia de Nintendo como animatrónicos y sobre todo el ver que toda la zona estaba tematizada para parecer un mundo del videojuego Mario Bros. ¿Qué decidimos ver aquí? Pues aparte de los muchos minijuegos disponibles y de la curradísima ambientación, vinimos buscando el Koopa Challenge, una atracción ambientada en el célebre juego Mario Kart, al que he jugado mucho en mi infancia (y no tan infancia, debo confesar). Sinceramente, la disfruté mucho. Es una atracción al uso en lo que se refiere a la movilidad del coche, pero lo que nos gustó más fue la parte de realidad virtual. Antes de subirte a la atracción, te pones unas gafas VR que te hacen sentirte en una carrera a nivel visual, añadiendo un nivel más de atractivo a esta ya de por sí atractiva atracción. Al salir no me pude resistir y compré algunos detalles para algunos de mis amigos con los que había jugado al Mario Kart para cuándo volviera.

La decoración es tan inmersiva que sientes que estás dentro del videojuego

Para cuándo salimos ya había pasado un rato, y decidimos buscar algún puestecillo de comida. Tuvimos suerte y pronto localizamos uno en el que vendían comida tematizada de la atracción, así que decidimos comprar un caparazón de estos verdes de tortuga que se usan en el videojuego para derribar a otros pilotos (estaba relleno de queso, delicioso además) y una bebida de frutas de Yoshi. Una vez repostados, seguimos en marcha y nos paseamos por la zona Donkey-Kong.

Del caparazón solo pude probar un poco, pero estaba riquísimo

Al acabar de pasear decidimos salir salir en busca de otras zonas. La primera con la que nos encontramos fue la de Jurassic Park, en la que nos subimos pronto a una atracción en la que quedas colgado (simula que un pterodáctilo está llevándote con sus garras mientras surca el cielo), llamada Flying Dinosaur. Me recordó un poco a la de Furious Baco, de Port Aventura, por lo que duraba, pero la experinecia fue más impactante estando totalmente colgados de la atracción. También nos subimos a otra, llamada JP, the ride, acuática, en la que puedes ver las escenas más icónicas de la saga simuladas por animatrónicos y efectos especiales del más alto nivel. Nos encantó. Al acabar ya iba siendo hora de comer y decidimos sentarnos en el restaurante de la misma zona de Jurassic Park, en la que había presidiendo en el centro del comedor una réplica a tamaño real del esqueleto del T-Rex de las películas.

La tercera zona temática que visitamos fue la de Hollywood, ambientada en los Estados Unidos de los años 50s, 60s y 70s. Estuvimos un rato paseando y participando en varias actividades y minijuegos de feria que nos encontramos. La verdad es que está bastante conseguido el ambientillo, y el hecho de que montaran a cada rato una actuación de tributo a grupos de la época (tipo Jackson Five) le daba un extra.

Después de algunas compras por las numerosas tiendas de esa zona, nos dirigimos a la zona Hogwarts. Nos hizo mucha gracia ver en el camino que vendieran churros (anunciados así tal cual, como «churros»), escritos en español. Por la cantidad de churros que vimos que tenía la gente asumimos que realmente debía ser un postre de moda. Al probar uno no tardé en darme cuenta de que era una versión americanazada y con mucho azúcar, muy alejada del dulce español original.

No me considero un gran fan de Harry Potter, pero debo confesar que me gustó más de lo que me esperaba la zona Hogwarts. Para empezar, lo primero que se ve al acceder, es una descomunal réplica del castillo-escuela de las películas, de una calidad excelente, en lo alto de un monte. Además lo primero que puedes comprar es cerveza de mantequilla, algo que parece ser que aparece en las películas. Esta curiosa bebida, aunque demasiado dulce para tomar grandes cantidades, está deliciosa en pequeños sorbos. Hay un par de atracciones chulas, además de varias tiendas, pero mi actividad favorita fue sin duda subir en la atracción de realidad virtual de Hogwarts. Hasta la cola de espera se hizo llevadera, porqué la haces paseándote por los logrados rincones de la escuela.

La reconstrucción de la escuela de magia se erguía sobre una colina, dominando el horizonte con su imponente presencia.
Cada detalle estaba meticulosamente cuidado, como si cada rincón de la escuela hubiera sido diseñado para contar una historia

Según el Sol se marchaba por el horizonte hicimos nuestro último paseo hacia la puerta de salida, volviendo ya (algo cansados) hacia el apartamento, al que llegamos tras una breve parada en un Urasushi, una cadena de restaurantes de estos en los que pides en las pantallas al lado de la mesa que sushi quieres y te llega a la mesa vía una cinta transportadora pequeñita paralela a las mesas de los clientes. Era algo que había visto en varias series y que hacia tiempo que quería probar, así que cerramos el día con una última buena experiencia (el sushi además era muy fresco y estaba delicioso).

4º día. Miércoles 9 de abril de 2025. Kioto y hospedaje en una machiya (町家) 

Pese a que nos hubiera encantado quedarnos más días en Osaka, había que moverse de nuevo. Esta vez el destino nos llevaba a Kioto, una de las capitales imperiales japonesas del pasado, y una de las pocas ciudades importantes que no fueron bombardeadas por los americanos en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Llegamos en tren en una media hora, y decidimos tomarnos el día con un poco de calma, yendo nada más llegar a un centro comercial (aún no podíamos hacer el check-in dónde íbamos a alojarnos) y ver un poco los alrededores de nuestra estación de tren. En el centro comercial, nos encontramos con una papelería muy mona, que procedimos a saquear (no literalmente), comprando desde plumas y bolígrafos a varios libros de historia japonesa que creo que me serán útiles en la confección de mi tesis doctoral. Seguidamente, paramos en un restaurante de tonkatsu. El tonkatsu (豚カツ o トンカツ) es un plato muy popular en Japón, inventado a finales del s. XIX. Esencialmente, es de una chuleta de cerdo empanada y frita, troceada; habitualmente se añade a la carne sal y pimienta y se pasa por harina, posteriormente huevos batidos y se finaliza pasando por panko (copos de pan japoneses) antes de freírlo. Estaba delicioso, y nos salió bastante bien de precio para las cantidades que comimos.

Tras ojear un par de locales de Gundam (ガンダム, una franquicia de series animadas de ciencia ficción en la que los bandos en guerra utilizan armaduras de combate llamadas Mobile Suits, unos mechas de diseños realmente gloriosos) y otra de gachapones (unas máquinas expendedoras que dispensan cápsulas con juguetes y otros pequeños objetos en su interior, como figuras de acción, llaveros y anillos, en las que tienes que introducir monedas y girar una manivela hasta que la cápsula cae por la ranura), fuimos a una tienda de instrumentos, en la que compramos un omatone. Otamatone es el nombre de un instrumento de música electrónica desarrollado en Japón que tiene el cuerpo forma de corchera, con una boca sobre la cabeza de la nota musical. Para tocar música, hay que utilizar las dos manos: una mano sostiene y ensancha la cabeza, la otra controla el tono de la nota al deslizar el dedo en toda la longitud de una barra que actúa como el diapasón de un violín; una posición más elevada sobre el diapasón produce un tono más grave.​ La variación de la presión sobre la cabeza (abriendo y cerrando la boca del instrumento) crea un efecto de wah-wah, y sacudiendo el cuello crea un efecto de vibrato. Los botones en la parte posterior de la «cabeza» permiten cambiar el tono de las notas, apagar y encender el otamatone, o regular el volumen. El sonido que emite es bastante desagradable si lo escuchas durante períodos largos, pero es un instrumento bastante gracioso.

Hicimos así suficiente tiempo para poder acceder a nuestro alojamiento durante los siguientes días: una machiya. Una machiya (町家) es una casa tradicional de madera japonesa, típica de las áreas urbanas, que a menudo servía como residencia y lugar de trabajo para comerciantes y artesanos. Son especialmente representativas de Kioto, donde se encuentran en gran número y con diseños característicos. Nosotros encontramos una con vistas al río Kamo, muy cerca de un precioso paseo en la que los protagonistas del paisaje y las vistas eran los cerezos en flor. Además, estaba muy bien conectado con el resto de la ciudad vía buses y metro.

Por la tarde decidimos quedarnos disfrutando de nuestra nueva casa, ya que estábamos bastante cansados de todo el trote de los días previos, así que compramos cena en un konbini (コンビニ, la abreviatura de convenience store en japonés, y se refiere a las tiendas de conveniencia que tan comunes en el archipiélago) y a ver la tele en japonés, a ver que daban. Entre otras cosas , yo decidí aprovechar para avanzar trabajo de la universidad (del que no os hablaré para no aburriros), hasta que me fui a dormir. Pronto, cabe decir, pues al día siguiente había que madrugar para ver uno de los lugares que más fascinación me causaba: el Fushimi-Inari, del que os hablaré ahora.

5º día. Jueves 10 de abril de 2025. Kioto

A las 5 de la madrugada. Sí, a esa agradable hora nos levantamos el día 10 de abril, pues si quieres ver uno de los lugares más turísticos de Japón como Dios manda, hay que ir bien prontito. A las 6 ya estábamos llegando a nuestro destino. El hecho de ya encontrarnos algo de gente allí (que habían tenido la misma idea que nosotros) fue un indicador de lo mal que iba a estar el lugar a una hora más decente. El tiempo nos acabaría dando la razón, ya que cuándo decidimos bajar (ya hacia las 10, 10.30h a.m.), a duras penas pudimos llegar a la estación de tranvía. Aún así, pudimos tomar fotos y algunos vídeos sin nadie cerca, logro, sin duda, arduo de conseguir.

Nos tocó sufrir madrugón criminal para conseguir fotos así. Tengo vídeos más largos disponibles en Instagram

¿Qué decir del Fushimi-Inari (伏見稲荷大社)? Bueno, que es el principal santuario sintoísta dedicado al espíritu de Inari. Que el santuario se encuentra situado en la base de una montaña también conocida como «Inari», que incluye varios senderos para llegar a otros santuarios más pequeños. Que desde las épocas más antiguas de Japón, Inari era vista como patrona de los negocios (en tanto que cada Torii existente en el santuario ha sido donado por algún hombre de negocios japonés) aunque Inari en primer lugar fuera diosa del arroz. Los comerciantes y artesanos ofrecían culto a Inari a cambio de obtener riqueza en sus negocios, por lo que donaban numerosos torii que actualmente forman parte de la vista panorámica del templo. De este famoso templo se dice que posee más de 32000 pequeños torii, dejando una imagen espectacular del recorrido para aquél que pasea entre sus sagradas puertas, pues kilómetros y kilómetros de ellas amparan al viajero a lo largo del recorrido. Se hizo famoso fuera de Japón sobre todo por la película Memorias de una Geisha (2005).

Si te atreves a llegar hasta la cima, las vistas de Kioto te dejarán sin palabras. Un esfuerzo que realmente merece la pena

Lo que más me gustó de este espectacular santuario fue pasearme por caminos secundarios, más allá de la ruta principal, para encontrar pequeños templetes de ofrendas (con alcohol o flores) mucho menos concurridos. También decidimos hacer varias paradas en los lugares en los que podíamos conseguir Goshuin (los sellos hechos a mano que mencioné): hay opción de hacerlos en el edificio principal, así como en diferentes santuarios que puedes encontrar según recorres el camino. A veces puedes incluso comprar en pequeñas tiendas regentadas por personas que viven en la planta superior de su tienda velas, incienso o dulces tradicionales. Tras dar toda la vuelta al monte Inari y concluir nuestra fatigosa ruta, decidimos parar lejos del santuario (que con la llegada masiva de turistas se había vuelto intransitable) a tomar algo de desayuno en una cafetería muy poco turística en la que nos encontramos a un curioso grupo de caligrafía que había quedado para practicar su arte con el pincel. La comida estuvo muy muy buena, y el trato con la señora que lo regentaba fue ciertamente excelente. Parece que los españoles caemos en general bien al pueblo japonés (obviamente solo si nos mostramos respetuosos).

Con las energías de nuevo al máximo, nos tocó subirnos a pata hasta lo más alto de uno de los montes que salpican el paisaje urbano de Kioto para ver el importantísimo castillo Fushimi-Momoyama (伏見城, Fushimi-jō, o 桃山城, Momoyama-jō), sobre el que tengo una publicación en Instagram. Construido por Toyotomi Hideyoshi (1537–1598), uno de los unificadores de Japón, vivió entre sus muros la forja de alianzas alianzas y la lucha de alguna gran batalla. El asedio de este castillo fue el prólogo de la Batalla de Sekigahara (1600), el gran choque samurái que lo cambió todo. Hoy, sus ruinas siguen susurrando historias de valor y guerra.

Suele ser un lugar poco visitado, ¡dadle una oportunidad!

El castillo es una reconstrucción, pero muy minuciosa con los detalles. Es una fortificación descomunal, pero a la vez bonita, ya que estaba diseñada para tener un rol diplomático importante al ser el castillo principal de este importante general. Sus jardines son, pues, muy paseables, y de nuevo cabe destacar el asombroso protagonismo que tienen las blancas flores de sakura en el el paisaje, de un blanco que encaja bien con la pintura de las paredes y muros.

Estábamos algo agotados tras ver este castillo, así que nos recogimos un rato en nuestra machiya hasta la hora de comer. Decidimos darle una oportunidad a los Saizeriya, una cadena de restaurantes japoneses de comida italiana (o bueno, su interpretación de la misma). Estuvo curioso ver como reinterpretaban muchos platos, añadiendo ingredientes o cambiándolos por otros más accesibles o mejor recibidos por el público general nipón. Parece ser que están muy de moda, y había muchísima gente en el restaurante al que decidimos ir, la mayoría japoneses.

Tras la comida quise ir a hacer mi compra guiri reglamentaria, así que visité un sitio que un amigo me recomendó, llamado Komo Store. Si vosotros también sois fans del fútbol japonés, os animo a visitar esta tienda, ya que hay camisetas de todos los equipos de la J1 League (e incluso equipos europeos) y de la selección japonesa. Mi compra giraba más entorno a esto segundo: no tardé en comprarme una camiseta de la selección nipona (los famosos Samurai Blue, サムライ・ブル) con el estampado de uno de mis jugadores favoritos, Takefusa Kubo, de la Real Sociedad. En fin, yo a lo mío.

Lo que os comentaba, ¡hay merchandising de todo tipo! No sabrás ni por dónde empezar

Esta parada reglamentaria solo fue un pequeño descanso, ya que nuestro día más cañero aún estaba a medias. El Kiyomizudeira, el guardián desde las alturas de Kioto, nos esperaba. Kiyomizu-dera (o Kiyomizudera, 清水寺, (en japonés templo del agua pura) denomina a varios templos budistas, y más comúnmente se refiere al templo Otowasan Kiyomizudera (音羽山清水寺) en la ciudad de Kioto. El conjunto forma parte de los Monumentos históricos, pertenecientes al Patrimonio de la Humanidad declarado por la Unesco. Con unas vistas espectaculares de la ciudad y un entorno natural precioso, es otro must see de esta ciudad que no paraba de dejarnos con la boca abierta.

Desde la lejanía, el templo se veía como una sombra misteriosa, rodeado de una atmósfera de calma y misterio

Parece que es un destino que triunfa entre los turistas chinos: la mayoría de personas que nos encontramos en el templo principal lo eran. Aprovechamos que todo el mundo estaba distraído haciendo fotos al atardecer y nos hicimos unos Goshuin y exploramos un poco el entorno de un lugar con una riqueza histórica como este. Es buena idea y hacer como nosotros hicimos, por cierto: ir a última hora hace que el lugar esté mucho menos concurrido de lo normal.

Nos quedaban, aunque el día estuviera dando paso a la noche, dos paradas aún. La primera un paseo por el barrio tradicional de Gion, uno de los más antiguos del país. Las machiya dominaban el paisaje urbano, y las calles, todas ellas muy estrechas, nos transportaron al Japón clásico con su magia. Es un destino que recomiendo sin ningún tipo de duda, y más si podéis ir cuando anochece. La última parada, al final del barrio, fue el Yasaka Jinja (八坂神社), a veces también llamado Santuario Gion, es un santuario Sintoista situado al este del final de la Shijō-dōri. El santuario está compuesto por numerosos edificios, incluidas puertas, una entrada principal y un escenario coronado por centenares de farolillos encendidos. Una suave brisa los hizo bailar cuando nos acercamos a verlos, y la imagen resultante es algo que recordaré siempre.

Tanto andar y pasear nos hizo tener algo de hambre, así que según salíamos del Yasaka Jinja comimos en un puestecillo callejero de un mercadillo temporal que había. No pudimos disfrutar del todo de nuestra comida, ya que la lluvia que estaba prevista para hacía más de dos horas finalmente nos acabó enganchando. Después de una jornada tan espectacular, y de visitar lugares tan especiales, tocaba recogerse y prepararse para el día siguiente.

6º día. Viernes 11 de abril de 2025. Kioto

La jornada anterior había dejado el listón bien alto, pero el día 11 no parecía querer quedarse atrás. Nuestra primera visita fue el Kinkaku-ji (金閣寺, el Templo del Pabellón de Oro), uno de los lugares más emblemáticos del país y naturalmente de la ciudad. Su nombre oficial realmente no es ese, sino Rokuon-ji (鹿苑寺, Templo del jardín de los ciervos). Fue construido originalmente en 1397 como villa de descanso del shōgun Ashikaga Yoshimitsu, uno de los pocos estatistas realmente poderosos de la dinastía Ashikaga.​ Tras su muerte, su hijo transformó el edificio en un templo Zen de la secta Rinzai. El templo se quemó varias veces durante la guerra Ōnin (1467-1477) y en 1950, cuando el novicio Hayashi Yoken prendió fuego al edificio (un evento narrado por cierto en el célebre libro de Yukio Mishima El pabellón de oro, publicado en 1956). El edificio actual es una reconstrucción, y forma parte del conjunto de Monumentos históricos declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 1994. Dispone de un cuidado entorno de espaciosos jardines y estanques (con grandes carpas dentro), que le dan un encanto extra. El edificio central, como el nombre indica, está totalmente cubierto de oro, y es muy imponente. No os mentiré, me quedé absorto mirándolo varios minutos.

Un lugar elegante como pocos, pero no os quedéis solo con esta zona. Si tenéis la oportunidad, recorred bien los jardines, tienen muchas joyas ocultas

Tras obtener el goshuin reglamentario en uno de los edificios adyacentes, compramos unos omamori (御守), unos populares amuletos nipones que se pueden encontrar en templos y santuarios. Su objetivo fundamental es, como todos los amuletos, proteger y dar fortuna a los que lo llevan. Y además sirve a su vez como regalo para amigos y familiares. También nos encontramos un puestecillo con una señora muy amable que nos ofreció probar un poco de té Matcha (抹茶, un tipo de té verde finamente molido elaborado con tencha, el material resultante del procesado de las hojas de la primera cosecha) que confeccionaba ella misma. Tras hablar un rato con ella y probar lo que tenía, decidimos comprarle una bolsa de un Matcha dulce que nos encantó. ¿Lo curioso? El cómo estaba hecho el té, pues tenía pequeñas virutas oro suspendidas en la mezcla, dándole un atractivo innegable al brebaje.

Por lo mucho que me he explayado, podréis entender que nos entretuvimos lo suyo en el Kinkaku-ji, así que se nos hizo la hora de comer. Tras una parada rápida en una hamburguesería, nos dirigimos rápidamente hacia el Palacio Imperial de Kioto. Se trata del último palacio imperial construido en el área nororiental de la histórica Heian-kyō (hoy Kioto), después de que se abandonara el antiguo Palacio Heian (Daidairi), que se encontraba al oeste del sitio actual, durante el periodo Heian. Aunque dejó de ser la residencia oficial de la familia imperial tras la Restauración Meiji y el traslado de la capital a Tokio en 1869, el palacio sigue siendo un lugar de gran importancia cultural. De hecho, fue el escenario de las ceremonias de coronación de los emperadores Taishō y Shōwa.

Una sección de los jardines del Palacio, donde la serenidad y la belleza se fusionan en cada rincón.

Pagamos la entrada y nos dispusimos a hacer un recorrido completo de todo el complejo, por lo visto, mucho más grande de lo que esperamos, y con zonas claramente construidas en momentos históricos diferentes. Tuvimos, una vez dentro, el placer de conocer a Joe, un americano casado con una brasileña que nos estuvo hablando de sus experiencias viajando y viviendo por Japón. Un tipo majísimo. Me gustó usar de nuevo el inglés. Casi nadie en Japón lo domina especialmente, y yo aún no tengo toda la fluidez que me gustaría tener en japonés. Al salir me di cuenta de que la seguridad del palacio estaba a cargo de una institución policial conocida como Guardia Imperial, que parece que funciona de forma autónoma respecto a la policía.

El combo calor-humedad suele ser difícil de gestionar, incluso si vas en primavera. Recordad hidrataros mucho, ya que es un país en el que vais a andar. En esta foto os muestro las mini-bebidas que se pueden comprar en las numerosas máquinas expendedoras que hay por todo el país.

El castillo de Nijō (二条城) fue la siguiente visita programada, pero como nos alargamos en el Palacio, tuvimos la mala fortuna de encontrárnoslo cerrando. Pudimos ver los alrededores, eso sí, y el amplio foso que lo rodeaba.

El foso al atardecer

Al complicarse esa visita se nos despejó un poco la tarde, por lo que decidimos ir a pasear por el centro. Dio la casualidad que nos encontramos con el museo Ninja and Samurai. Para aquellos que no lo sepáis, aparte de estar trabajando actualmente como profesor e investigador en la Universidad de Barcelona, estoy colaborando con una empresa llamada Samurai Experience, en la que ofrecemos una experiencia en la que se intenta transportar al cliente al Japón samurái: se le viste con ropa tradicional, se le enseña a cortar con una katana y se le da de probar comida japonesa. Ver un sitio en el que parecía que hacían algo parecido en Japón me pareció conveniente entrar, sobre todo para coger ideas y decidir si alguna de las actividades que montaban se podía trasladar a Barcelona. Fue algo decepcionante, la verdad. La experiencia, para empezar, era bastante cara para lo que ofrecía. La parte histórica estaba muy poco cuidada, quedándose en todo momento en clichés sobre los samurái, sin realmente profundizar en los hechos históricos (que, en mi opinión, bien planteados pueden ser per se bastante comerciales, no hace falta quedarse en lo que se ve en las películas). Estábamos, además, en un grupo muy grande, a duras penas pude interactuar con el museo ni con el guía asignado hasta el final. Se habló de los ninja como una figura histórica centenaria, cuándo realmente no existieron de verdad hasta el período Edo (hacia el s. XVIII). De lo poco positivo que puedo rascar de esta experiencia fue que se nos dejó lanzar shuriken (las estrellas ninja por excelencia), que algunas zonas del edificio estaban muy cuidadas a nivel de decoración y que el guía, en cuanto pude hablar con él más, me pareció un tío majísimo y me medio reconoció que la empresa estaba más centrada en ofrecer una experiencia atractiva para el cliente extranjero que realmente contar la historia de nada. Lo puedo llegar a entender, la verdad, al final, este tipo de empresas culturales necesitan de un cierto volumen de clientes, y hacer el discurso accesible para que la gente participe es necesario. Me gustó saber que lo que me encontré era solo una fachada y que realmente los trabajadores eran personas bien instruidas en la fascinante historia del país. Todo el staff, en general, se mostró muy interesado en hablar conmigo sobre historia japonesa, sorprendiéndose algunos de que la conociera tan en detalle, y dando lugar a algún que otro debate sobre algunas figuras históricas y como se estudian en cada país. Visto ahora en perspectiva, tampoco puedo decir que me quedé con mal sabor de boca, la verdad.

Algunas de las armaduras eran realmente espectaculares

Antes de recogernos a descansar tocó hacer un último paréntesis para cenar, esta vez en un teppan-yaki de muy muy buena calidad, en el que nos cocinamos la cena nosotros mismos en una plancha en el centro de la mesa.

7º día. Sábado 12 de abril de 2025. Sekigahara

Empezaba con el amanecer del día 12 el que para mi iba a ser el día más emocionante, pues nos dirigíamos ni más ni menos al sitio en el que tuvo lugar la batalla más importante de la historia del Japón pre-moderno, la batalla más grande jamás librada sobre suelo japonés, y lo más importante (para mí), la batalla entorno a la que gira mi tesis doctoral: Sekigahara (sobre la que también tengo una publicación en Instagram). Librada en el año 1600, fue un enfrentamiento decisivo que tuvo lugar el 21 de octubre, y enfrentó a Tokugawa Ieyasu contra Ishida Mitsunari en una lucha por el control del país. Fue el punto culminante de décadas de guerras civiles y contra países extranjeros, conocidas como periodos Sengoku (1467-1573) y Azuchi-Momoyama (1573-1603) y definió el futuro político de la nación. Aunque ambos bandos reunieron grandes ejércitos, las traiciones en el campo de batalla jugaron un papel clave y favorecieron a Tokugawa. Su victoria le permitió establecer el shogunato Tokugawa en 1603, dando inicio a un largo periodo de estabilidad y aislamiento conocido como el periodo Edo. Escribiré más sobre ella, no os preocupéis.

Tocó madrugar un poco, ya que había que hacer varios transbordos para llegar al homónimo pueblo de Sekigahara. La verdad,algo aislado de Kioto (y del resto de Japón, seamos francos). Salimos en Shinkansen e hicimos transbordo en la ciudad de Maibara. Cómo tengo la cabeza en Babia, no rellené con el importe que tocaba mi tarjeta de transporte (sí, así soy), y seguridad no me dejaba salir de la estación si no rellenaba antes mi tarjeta con efectivo (no aceptaban tarjeta de crédito, algo por lo visto muy común). Para colmo, la única máquina de la estación sólo aceptaba billetes de 1000 yenes, y yo daba la casualidad de que justo de esos no tenía. Una señora mayor (con la que estaré en deuda siempre) que debió de verme nervioso y alterado, entendió rápido la situación y se acercó a mi, me miró muy segura de si misma, y golpeándose el pecho me dijo «Yo me encargo, no te preocupes». Me cogió la tarjeta de transporte, la metió en la máquina, se puso a tocar botoncitos a una velocidad pasmosa, se sacó de la billetera un par de billetes de 1000 yenes y me devolvió la tarjeta ya recargada. «Ya debería funcionar», me soltó alegremente, con una sonrisa de oreja a oreja. En efecto así fue. Yo, aún procesando que acababa de pasar (una persona que no conocía de nada acababa de regalarme el equivalente a unos 12€), me dediqué los dos siguientes minutos a agradecerle muchísimo la ayuda y a insistirle en que se quedara uno de los billetes de 10000 que tenía, ni que fuera, almenos, que me diera cambio y se quedara con 8000 yenes. Ella insistió aún más en que no me preocupara, que estaba bien. Cómo no quería dejar las cosas así, me acerqué a una máquina expendedora (no había otra manera de conseguir cambio rápido) y conseguí los dos billetes que necesitaba. Me puse a buscarla corriendo y ya no la encontré. Así que, señora, allí donde estés, y en el improbable caso de que leas esto, te agradezco de todo corazón tu ayuda.

Claro, esta fue la primera impresión que me llevé de la hospitalidad de Sekigahara. ¿Cómo no voy a empezar el día con una sonrisa?

Estaba animadísimo. Y pronto lo estaría más, porque a tan sólo 5 minutos andando de la estación nos encontramos con el museo-memorial de Sekigahara, un espectacular edificio de 4 plantas que parecía nuevo de trinca de lo que brillaba. La entrada, que nos costó menos de dos euros por persona, mereció la pena, y mucho. La primera planta estaba dedicada a la experiencia audiovisual de la visita. Junto a un guía que acompañaba a los grupos (de entre los miembros naturalmente éramos los únicos turistas) accedimos primero a una sala en la que se proyectó un corto vídeo de explicación de la batalla en el suelo. El estilo y diseño de los personajes históricos y las animaciones tenían una calidad excelente, muy al estilo japonés, hechos con tinta. Esta primera proyección, más centrada en detalles históricos y una explicación cronológica de los sucesos que desencadenaron tan inconmensurable batalla, con un mapa delante y un narrador (en japonés, pero subtitulado en inglés), ayuda mucho al público general a entender todo. La segunda parte de la primera planta fue mucho más emocionante: era un cine 4D (un sistema de proyección de películas que recrea en la sala de proyección las condiciones físicas que se ven en la pantalla, como niebla, lluvia, viento, sonidos más intensos u olores) de tres pantallas (una frente al público y otras dos a los laterales, para una mejor inmersión) en la que durante unos 15-20 minutos vivimos cómo un soldado más la batalla, siendo sorprendidos constantemente: atacados por flechas, ráfagas de viento cuándo pasaba cerca la caballería o temblores fuertes cuándo había grandes movimientos de infantería. La salida puntual del modo primera persona para dar una vista de águila al visitante y explicarle qué sucedía en el resto del combate nos gustó mucho. Realmente una experiencia única, también con un diseño visual de los personajes y combatientes hecho con mucho cariño y con los detalles muy cuidados.

Aquí os dejo el arte de los créditos de la película que vimos, de los que sí que se podían hacer fotos. Arriba, Mishida Mitsunari, líder del Ejército del Oeste; abajo, Tokugawa Ieyasu, líder del sublevado Ejército del Este

El listón para la segunda planta estaba alto, pero sobrepasó también nuestras expectativas, pese a tener un diseño más al uso. Nada más llegar, nos encontramos con un montón de biombos digitales con pixel art de la batalla, y animado. Tras eso, había unos 200 metros cuadrados de exposición con armamento, armaduras, mapas, misivas, vídeos cortos, información… No puedo subir imágenes porqué no se permitía tomar fotos, pero me fascinó encontrar piezas de armadura de algunos de los generales que participaron en la batalla.

La tercera planta tenía dos partes separadas en habitaciones. En una de ellas había como una zona de ocio con un montón de cosas por hacer: había un videojuego VR que te convertía en un samurái; reproducciones de armas usadas durante la batalla (como arcabuces, lanzas, espadas…); una zona para hacerte fotos vestido como un guerrero de la época; reproducciones con IA hechas con superordenadores que explicaban los flujos y movimientos de la batalla según diferentes teorías planteadas por historiadores… No os pienso decir cuánto tiempo me entretuve. La otra zona, habilitada para charlas, congresos y comunicaciones, estaba cerrada, pero por lo que estuve mirando en el calendario que había colgado fuera, parecía ser un espacio muy concurrido y utilizado. Desde entonces tengo un nuevo sueño: llegar a hacer una comunicación de mi investigación en esa sala.

La última planta fue visualmente bastante espectacular. Aunque con un área algo más reducida, todas las paredes eran de cristal y ofrecían una vista espectacular del valle. En cada ventanal había unos paneles en los que se mostraban todos los sitios de interés bien señalizados, permitiéndote así también dimensionar la magnitud de la batalla (los numerosos campamentos de los participantes estaban a varios kilómetros, por ejemplo, y los puntos de colisión entre ambas fuerzas, desperdigados por la campiña). Esta vista 360º fue una maravillosa forma de cerrar nuestra visita al memorial.

Pero el hambre hacia las 3 de la tarde ya era acuciante, así que decidimos no rompernos mucho la cabeza e ir a comer al mismo a la cantina / restaurante del museo. La comida era temática y muy muy sabrosa. Venían los platos con sashimono pequeñitos, y según si pedías un plato u otro, eran de bandos diferentes. Había también bebidas de cada uno de los generales, un poco «adaptadas» a sus personalidades. Me encantó. Justo al lado, además, había una tienda con merchandising de la batalla en cantidades industriales. Me maravilló de nuevo la facilidad que tienen los japoneses para combinar marcas que a mí jamás se me ocurriría mezclar, y digo esto sobre todo porqué vimos miniaturas de la batalla al estilo de Sanrio (es decir, personajes de Hello Kitty vestidos como samurái del s. XVI), e incluso camisetas. Encontramos de todo, desde collares con los kamon (家紋, emblemas familiares) de los clanes más famosos, a ropa, espadas, té… La capacidad de mercantilizar un hecho histórico así, de esta manera, es algo que me chocó mucho, pero parece ser que triunfaba, ya que mucha gente estaba allí comprando. Vimos en la tienda, además, una ruta de búsqueda de sellos que podías hacer en una libreta parecida a la del goshuin siguiendo los recorridos de los diferentes generales. Es algo que ya al ser tan tarde no pudimos hacer, pero que pienso hacer la próxima vez que vaya.

El pollo con arroz y curry que me comí venía bien pertrechado con todo lo necesario para una comida épica

Para cerrar el día, y mientras esperábamos al tren (que pasaba cada bastante), decidimos pasearnos por los alrededores, y localizar algunos de estos campamentos de las montañas que nos permitieran disfrutar de las vistas del lugar mientras el Sol parecía que empezaba a marcharse por el horizonte. El esfuerzo mereció la pena.

Vistas del pueblo desde uno de los miradores

Después de un día tan completo, tocaba recogerse, así que tras comprar algo de merienda, nos subimos al tren de vuelta a Kioto. Según me senté en el tren reflexioné sobre lo afortunado que había sido de llegar a ver el sitio que llevaba estudiando desde hacia tanto tiempo, disfrutando los últimos minutos en el valle en el que una vez se decidió el destino de un país.

8º día. Domingo 13 de abril de 2025. Vuelta a Osaka

Entre nuestras numerosas buenas decisiones del viaje, hubo una que destacó (esta léase con sarcasmo). El día 13 de abril se inauguraba la Expo Osaka 2025 (2025年日本国際博覧会, 2025-nen Nippon kokusai hakurankai), una Exposición Mundial organizada y regulada por la Oficina Internacional de Exposiciones. El tema de la Expo (abierta hasta otoño) es «Diseñando la Sociedad del Futuro para Nuestras Vidas», con 3 subtemas: «Salvar vidas», «Empoderar vidas» y «Conectar vidas».​ El subtema «Salvar vidas» incluye asuntos como vacunas infantiles, saneamiento, estilo de vida (dieta y ejercicio) y aumento de la esperanza de vida. Al ser un evento tan importante y no estar lejos de allí, decidimos hacer un retorno a Osaka pese a las dificultades logísticas que ello implicó. Por ejemplo, tuvimos que dejar las maletas, llevándolas desde Kioto, en unos casilleros en la estación de Osaka, para luego proseguir nuestra epopeya sin apenas desayunar (tocó madrugar mucho) hasta Yumeshima, la isla de los sueños, dónde tenía lugar el evento.

Para acceder ya hubo ciertos problemas, pues la única forma que había de acceder a esta isla en plena bahía de Osaka era, o vía una línea de metro (que estaba saturada), o en una línea de bus (también saturada). Así que tuvimos que hacer varias colas ya antes de llegar siquiera al evento per se. Tras pasar los controles de acceso empezamos a pasearnos por la Expo, y he de decir que el diseño y distribución de lugares del lugar sí que me gustó. Había un anillo elevado que permitía moverse con libertad por encima del lugar, con unas vistas bonitas de todo el evento. Tras pasearnos un poco por el recinto, entramos en el Pabellón España, de temática marítima. Lo que se planteaba así a nivel conceptual era la promoción del uso del mar como un lugar en el que buscar recursos en el futuro y conectar con la comunidad internacional. Me encantó ver que la historia de nuestro país se tuvo mucho en cuenta en varios paneles (la importancia de la era de los descubrimientos europeos para la primera globalización fue promovida por las monarquías ibéricas). En especial, me fascinó encontrar un par de paneles animados sobre las embajadas Tenshō (天正遣欧少年使節, Tensho keno shonen shisetsu), desarrollada entre 1582 y 1590; y Keicho (慶長使節, 1613-1615). Ambas fueron muy importantes, aunque la primera la que más, en el desarrollo de las relaciones entre Japón y el mundo católico.

Nos hicimos nuestro sellito reglamentario conforme habíamos estado en el pabellón y seguimos con nuestro paseo. Tras varias vueltas por el recinto, paramos a comer en un pabellón-cantina en el que había comida de todo el mundo y decoraciones temáticas preciosas. Fue fácil encontrar sitios menos concurridos para comprar comida, pero muy difícil localizar un lugar en el que sentarnos a comer. Mientras comíamos fuimos entrevistados por unos periodistas japoneses sobre nuestra opinión del evento, lugar de origen, y la calidad de la comida.

Los Pokémon brillaron con luz propia durante toda la Expo, convirtiéndose en una de las estrellas principales del evento

A nivel de clima, el día se complicó bastante a partir de las 3-4 de la tarde. Las lluvias y el viento empezaron a empeorar, y algunos pabellones cerraron. Según el día empeoraba, se decidió cerrar todo, y con ello, hacia las 5 nos tocó salir de la Expo. La salida fue durilla, y tuvimos que esperar bajo la lluvia 45 minutos para subirnos al metro, acabando empapados al poco tiempo. La organización y gestión fue algo decepcionante, y más e para estar organizada en un país que en un par de meses iba a empezar su temporada de lluvias.

Regresamos finalmente a Osaka, y desde la estación cogimos el Shinkansen hasta Shizuoka, la ciudad que nos acogería las dos noches siguientes. Antes de irnos a dormir, ya en el hotel, encendimos la tele para ver que daban. Nos chocó encontrarnos con un documental sobre Francisco Franco y la España de la segunda mitad del s. XX en japonés.

9º día. Lunes 14 de abril de 2025. Shizuoka / Sunpu

La primera imagen que uno se encuentra al llegar a Shizuoka y salir de la estación del tren es la de una gran estatua de Tokugawa Ieyasu (el unificador de Japón que mencioné que ganó la batalla de Sekigahara). Así sí.

Tokugawa Ieyasu vino a darme la bienvenida a la estación de tren

Aunque estábamos todos algo cansados, decidí madrugar un poco para pasearme por la ciudad que había sido el lugar de retiro de tan célebre estatista, así que me dirigí hacia las ruinas del castillo de Sunpu.

Este parque-castillo es una joya que no podéis perderos. Entre sus paisajes y arquitectura, encontraréis un lugar lleno de historia y serenidad

Hoy en día, las ruinas se han convertido en un parque (eso sí, aún amurallado). En el parque se pueden visitar varios lugares de interés: desde otra preciosa estatua dedicada a Ieyasu, a unos mandarinos que en teoría plantó él tiempo ha, e incluso una zona de excavación en activo en la que se puede ver arqueólogos ajetreados trabajando en las ruinas. El foso es por cierto navegable, y se puede dar una vuelta en barca.

Había muchas estatuas de Ieyasu, os juro que solo os pongo las más chulas

Tras desayunar en el centro, fuimos a buscar el coche que teníamos alquilado para otro de los platos fuertes del viaje: una ruta alrededor del monte Fuji motorizada. Una de las mejores ideas que tuvimos en todo el viaje.

El plan era empezar bordeándolo por el sur, de ahí dirigirnos al oeste, dar la vuelta por el norte y volver por la noche a Shizuoka. La ruta, que nos tenía que llevar a un lago (Fujikawaguchiko), estaba abierta a cambios de plan. No tardamos en hacer una parada inesperada: en el templo de Taiseki (Taisekiji), el templo principal de la secta budista Nichiren. El lugar, precioso, estaba siendo cuidado por miembros de la secta, y se veía impecable. Las vistas del Monte Fuji también fueron espectaculares. De hecho, lo serían durante toda la ruta, ya que tuvimos la fortuna de encontrarnos aún el monte medio nevado (al ir en primavera) y a la vez despejado de nubes.

Otra de mis imágenes favoritas del viaje, desde el templo principal del complejo

Compramos algo en un 7Eleven en el camino y paramos a comer en el Fujikawaguchiko (河口湖), bien cerca de tan emblemática montaña. Según el sintoísmo, el Fuji es un kami, una deidad nipona en toda regla. Esa espiritualidad era tangible en muchos lugares que vimos. De este lago en el que paramos me llevo sobre todo las vistas que tuvimos tanto de la montaña como de los cerezos que la envolvían desde la falda. Os dejo aquí una foto.

En ningún momento perdimos de vista nuestro referente orográfico: el sagrado monte Fuji, siempre imponente y guiándonos con su presencia
majestuosa

En nigún momento perdimos de vista nuestro referente orográfico, ni siquiera en nuestra siguiente parada: un pueblo tradicional en Oshino hakkai (忍野八海). Oshino Hakkai es un conjunto turístico de ocho estanques en Oshino, en la región de los Cinco Lagos del Fuji, situado entre los lagos Kawaguchiko y Yamanakako, en el lugar donde antes se secó un sexto lago hace varios siglos. Los ocho estanques se alimentan del deshielo de las laderas del cercano monte Fuji, que se filtra montaña abajo a través de capas porosas de lava durante más de 80 años, dando lugar a un agua de manantial cristalina, venerada por los lugareños.

Junto a un estanque, los visitantes pueden beber el agua fresca directamente de la fuente. Los estanques son bastante profundos y albergan una interesante flora de agua dulce y peces de gran tamaño. Aunque se han convertido en atracciones turísticas y pueden estar bastante concurridos, ofrecen un ambiente agradable, siempre y cuando no se espere encontrar una naturaleza virgen. Alrededor de los estanques nos encontramos con numerosos restaurantes, tiendas de recuerdos y puestos de comida en la que los turistas protagonistas eran, y con diferencia, los chinos. Desde algunas callejuelas de este pueblo tomé una de las fotos a las que más cariño le he cogido de este viaje. Os la dejo por aquí.

La vuelta hasta Shizuoka tuvo una parte de la ruta que pasaba por carreteras con curvas increíbles, y mientras conducía el Nissan que alquilamos no pude evitar sentir que estaba viviendo una de las películas que más he visto en mi vida: Fast and Furious 3, Tokyo Drift. Sí, ya lo sé, qué original (denótese de nuevo sarcasmo). Pero esa experiencia no me la quita nadie.

Repostamos cerca de Shizuoka y devolvimos el coche para cenar cerca de la estación ya al ponerse el Sol, y nos dirigimos hacia el hotel para nuestra última noche en Shizuoka: Tokio era la próxima parada y queríamos estar al máximo. Para todos aquellos que queráis vivir una experiencia parecida, os recomiendo de corazón que probéis de alquilar un coche. Buscad una ciudad cerca del monte Fuji y alquilad allí un coche, salíos un poco de las rutas más tradicionales y de las 3 ciudades típicas, entre varias personas sale a un precio muy asequible. Veréis que la experiencia en carretera en Japón, a nivel conducción, es muy agradable, organizada y pacífica. Lo único que debéis ser precavidos, pues no solo se requiere el carné para conducir estándar, sino que debéis tramitaros el carné de conducción internacional.

10º día. Martes 15 de abril de 2025. Tokio

Algo más de una hora en Shinkansen nos esperaba hasta Tokio. El tren bala, puntual como de costumbre, nos dejó en el centro de la ciudad, tras lo que hicimos un transbordo hasta la zona en la que nos íbamos a alojar: Akihabara (秋葉原). para aquellos que no la conozcáis, Akihabara es una de las áreas comerciales más importante de Tokio, y forma parte del barrio de Chiyoda. Sus límites no están del todo definidos, pero suele considerarse como la zona que rodea a la estación homónima. Esta zona se ganó el sobrenombre de Ciudad Eléctrica de Akihabara (秋葉原電気街, Akihabara Denki Gai) poco después de la Segunda Guerra Mundial, por ser un importante centro comercial de artículos electrónicos para el hogar y el mercado negro de la posguerra, siendo entonces cuando nació el tejido comercial que aún a día de hoy se puede ver tanto a pie de calle como en los numerosos rascacielos que flanquean las calles.

Se considera que Akihabara es el centro de la subcultura otaku japonesa, y la mayoría de los comercios de la zona se dedican a la venta de productos electrónicos, computadoras, accesorios, juguetes… además de productos de entretenimiento audiovisual, como anime, manga y videojuegos, que en su mayoría se encuentran en la calle principal, Chūōdōri. A los turistas extranjeros nos suele gustar visitar las tiendas grandes de las calles principales y las cercanas a la estación, aunque hay más variedad y precios más bajos si te atreves a callejear un poco.Ha adquirido cierta fama por contar con una de las primeras tiendas dedicadas a la robótica. Así que si os gusta el mundillo del manga, el anime, la robótica y demás, este es vuestro barrio.

Nosotros decidimos hospedarnos en Super Hotel Tokyo Akihabara, una decisión un poco cara, pero que mereció la pena. Entre otras cosas, porque queríamos probar los Sento (銭湯), es decir, baños públicos a menudo más económicos que los onsen) donde la gente puede ir a bañarse si no tienen espacio en casa o simplemente prefieren la experiencia comunitaria. El agua en los sento no es termal, sino agua caliente de grifo, aunque pueden incluir diferentes temperaturas y aditivos como hierbas aromáticas. Ya que no pudimos ir a un onsen, esta era la otra opción viable a nivel logístico. Lo que acabó de convencernos fue el hecho de que también ofrecieran barra libre con vistas al río Kanda cada tarde, para que mentirnos.

La tarde del día 15 de abril nos la pasamos visitando la zona de Akihabara. Lo que más me gustó fue callejear e ir entrando a arcades que me transportaron a los años 90s y 2000s. El juego que más curioso me pareció fue uno que tenía una interfaz que parecía una lavadora, el Maimai, con una jugabilidad basada en el ritmo. El juego utiliza un círculo grande y giratorio (de ahí que parezca una lavadora) donde los jugadores deben tocar y deslizar sus manos al ritmo de la música. Parece ser que está muy de moda en Japón, y que hay personas que dedican grandes cantidades de su tiempo libre jugando a esta máquina. De hecho, nos encontramos varios japoneses que iban con guantes y todo para no hacerse daño en las manos al jugar durante varias horas. Nosotros decidimos probar otros juegos, como algunas consolas de Pokémon, Gundam o, mi favorito a partir de entonces, el Taiko no Tatsujin (太鼓の達人). Este llamativo juego de ritmo el objetivo principal es golpear un tambor (Taiko) siguiendo una melodía mientras se acierta a las notas que se desplazan desde la derecha de la pantalla. Para superar una canción, se debe llenar una barra de espíritu tocando con precisión. Las notas que se tocan con las baquetas son principalmente de dos tipos: rojas, que se tocan en el centro del tambor, y azules, que se tocan en el borde; además, existen otras que requieren múltiples golpes consecutivos, como barras amarillas o globos. Lo disfruté como un niño y sudé la gota gorda tras casi una hora aporreando tambores.

En esta máquina puedes jugar insertando tu Pokémon traído de casa para que se guarde tu progreso cuándo acabes.

Otra parada reglamentaria fue en una tienda de Gundam descomunal próxima a la estación, en la que compré un mecha pequeño. Pienso volver a por uno más grande.

Otra cosa que me sorprendió (e incluso me incomodó un poco) fue el tema de los maid café. Básicamente, un maid café es un tipo de cafetería temática donde las camareras se visten como sirvientas (maids) al estilo anime o victoriano, y tratan a los clientes con mucha amabilidad y cortesía, como si fueran las «sirvientas» de una casa. Además de servir comida y bebida, suelen hacer pequeños shows, cantar canciones, jugar con los clientes o decorar los platos con dibujos de ketchup o salsas. La idea en su momento fue original, supongo, pero hoy en día las calles principales de Akihabara están abarrotadas de chicas jóvenes vestidas con este estilo que se te acercan constantemente para ofrecerte entrar en su local, llegando a incomodar un poco en algún momento.

Según se nos hizo de noche y las piernas empezaron a mostrar síntomas de cansancio, nos recogimos en el hotel para probar un poco la barra libre con las vistas al río y fuimos a cenar a un restaurante de sushi cercano.

11º día. Miércoles 16 de abril de 2025. Tokio

Con las pilas recargadas, nos dispusimos a pasear por tantas zonas de Tokio como pudiéramos. Decidimos empezar por el Parque de Ueno (上野公園, Ueno Kōen), uno de los espacios verdes más famosos y visitados de la ciudad, ideal si buscas naturaleza, cultura y un poco de historia en pleno corazón de la ciudad. Se podría comparar en algunas cosas al Central Park de NY. Se encuentra en el distrito de Taitō y fue inaugurado en 1873, siendo uno de los primeros parques públicos de Japón. Este parque es especialmente conocido por sus cerezos en flor en primavera, de los que pudimos disfrutar largo y tendido. Es un lugar precioso que ofrece paseos tranquilos, lagos con barcas, templos y una gran variedad de atracciones culturales, en especial museos.

Dentro del parque encontramos varios museos de renombre, como el Museo Nacional de Tokio, el Museo Nacional de Ciencias Naturales y el Museo Nacional de Arte Occidental. También está el Zoológico de Ueno, el más antiguo de Japón.

Otro rincón especial es el estanque Shinobazu, donde se pueden alquilar botes y ver flores de loto en verano. Muy cerca, el templo Bentendō se alza sobre una pequeña isla en el centro del lago, creando una postal típica japonesa. Además, hay otros templos y santuarios repartidos por el parque, como el Toshogu, famoso por su linterna dorada y su historia relacionada con el clan Tokugawa.

El parque está justo al lado de la estación de Ueno, lo que lo hace muy accesible. Es un lugar ideal para desconectar del ritmo acelerado de Tokio sin salir del centro, perfecto para pasar una mañana o una tarde entera, que es esencialmente lo que hicimos. Pese a pasar allí varias horas solo nos dio tiempo de visitar uno de los museos, el Nacional de Historia, como os podréis imaginar. El Museo Nacional de Tokio (東京国立博物館, Tōkyō Kokuritsu Hakubutsukan) es el museo más antiguo y grande del país. Se especializa en arte, historia y arqueología japonesa, con una colección impresionante que abarca desde antiguas cerámicas y esculturas del período protohistórico nipón hasta hallazgos del período samurái del archipiélago. Es un lugar muy recomendable si como a mi os fascina la historia y cultura de Japón, ya que a través de objetos auténticos y exposiciones muy bien cuidadas este museo te traslada al pasado. Además, el edificio principal es una obra arquitectónica con encanto que combina tradición y modernidad (estilo occidental).

Una de las alas del museo vista desde fuera, destacándose con su impresionante diseño que invita a la curiosidad

Dio la casualidad, además, de que coincidía que acababan de estrenar una exposición sobre el cristianismo (キリシタン) en Japón en el periodo que yo estudio (s. XVI-XVII), hablando de la presencia ibérica sobre todo a nivel material. En la expo pude ver desde rosarios traídos desde Portugal y Castilla, a Fumi-e, una tabla o imagen que se utilizaba en el Japón del siglo XVII durante la persecución de cristianos. Se usaba para identificar a los fieles, las autoridades les pedían pisar o pisotear estas imágenes religiosas (normalmente de Jesús o la Virgen María). Si alguien se negaba, era considerado cristiano y podía ser arrestado o castigado. Saqué información sustancial y muy útil que usaré para mi tesis.

Algunos Fumi-e con personajes bíblicos, cuyas figuras muestran el claro desgaste causado por los pisotones de los posibles apóstatas, una huella de la persecución religiosa de la época

Aunque no pudimos entrar en el Museo Nacional de Arte Occidental, vimos fuera algo que nos chocó mucho, pues parece ser que estaban ofreciendo una exposición temporal de un paisano mío: Joan Miró.

Siguiente parada: Asakusa, uno de los barrios tradicionales de Tokio. Uno de los lugares más famosos es el templo Sensō-ji (浅草寺), el templo budista más antiguo de la ciudad (lugar, pues, en el que nos hicimos un goshuin sin falta), conocido por su gran puerta Kaminarimon con una linterna gigante roja. Alrededor del templo hay calles llenas de tiendas de recuerdos, comida típica japonesa y artesanías, como la calle Nakamise-dori, en la que compré una Hinomaru (日の丸, bandera japonesa) y varios daruma. También pudimos dar un paseo por el río Sumida, y disfrutar de parques y espaciosos jardines. Fue aquí que decidimos quedar con una amiga que tenemos actualmente viviendo en Japón, a la que me hizo mucha ilusión ver.

Después de hablar con ella y ponernos al día, decidimos dirigirnos hacia la Tokyo Skytree, que estaba muy cerca y ofrecía la opción de acceder a unas vistas panorámicas increíbles. La Tokyo Skytree es, a la vez que una torre de telecomunicaciones, un observatorio, y la estructura más alta de Japón, con 634 metros. Es famosa por sus vistas panorámicas increíbles de la ciudad y, en días claros, incluso se puede ver el Monte Fuji. Tuvimos la gran fortuna de ver de nuevo a nuestro volcán inactivo favorito gracias a que el cielo estaba despejado. Pero no solo el monte Fuji se ve desde las alturas, sino toda la ciudad a tus pies: la ciudad más grande del mundo. De verdad que la vista no decepciona nada, pues hasta donde la vista llega se pueden ver edificios. Supongo que fue entonces que me di cuenta de la magnitud de la urbe que estaba visitando. El hecho de llegar en plena Golden Hour lo embelleció todo aún más. Un atardecer sobre la capital desde ese lugar ya hace valer la pena cualquier esfuerzo para viajar a Japón.

La Tokyo Skytree visto desde abajo, a nivel del suelo, se alza con una magnitud impresionante, dominando todo el horizonte

Como curiosidad: si sois fans como yo de Detective Conan (Detectiu Conan, en catalán, que es como yo lo he visto siempre), os gustará saber como hay varios espacios en los que haceros sellos temáticos de la serie a lo largo del recorrido dentro del observatorio.

Las vistas desde la cima. A la izquierda se puede ver pequeño el monte Fuji

Finalmente, para poder ponernos al día debidamente con nuestra amiga, nos dirigimos a un Torikizoku, un restaurante de cadena a lo izakaya baratito en el que pudimos beber y comer todo lo que quisimos mientras hablábamos de viejos tiempos. Me lo pasé muy muy bien.

12º día. Jueves 17 de abril de 2025. Tokio

Pese a haber aprovechado al máximo el día anterior, aún no habíamos podido ver casi nada de Tokio. Shinjuku (新宿) uno de los barrios más vibrantes y caóticos de Tokio, fue el primero en ser visitado. Famoso por su estación de tren (la más transitada del mundo), sus rascacielos, centros comerciales, vida nocturna y neones por todas partes, era una parada obligatoria. Pudimos pasear por sus calles llenas de tiendas, bares, karaokes y restaurantes; incluso planteamos pasearnos por el Shinjuku Gyoen, un parque enorme y precioso, pero que al descubrir que era de pago, decidimos omitir. En resumen: nos encontramos con una mezcla brutal de lo moderno, lo tradicional y lo puro tokioíta. Pudimos ver entre otras cosas, la estatua descomunal de Godzilla. Me sorprendió mucho el tema de los host clubs (con trabajadores hombres) y hostess clubs (con trabajadoras mujeres). En estos locales puedes contratar acompañantes, o hosts (también hostess) cuyo trabajo principal no es solo servir bebidas, sino entretener, conversar y hacer sentir bien al cliente, creando un ambiente de cercanía, coqueteo y atención personalizada.

Los hosts suelen ser jóvenes atractivos (peinados elaborados, ropa de moda, maquillaje), y su meta es que la clienta se quede más tiempo y gaste más en bebidas, porque ellos reciben comisión por lo que venden. No hay sexo involucrado como parte del servicio —es más bien un “juego de seducción” emocional y social, al menos sobre el papel.

Al acabar de pasear por Shinjuku fuimos al parque de Yoyogi (代々木公園, Yoyogi kōen), donde comimos. De este parque público nos encantó el hecho de que fuera muy frondoso y sobre todo, muy muy espacioso. Básicamente como un pequeño oasis de tranquilidad en medio de la gran ciudad. Dentro del parque encontramos el célebre Meiji-jingū (明治神宮), uno de los santuarios sintoístas más importantes y visitados de la ciudad. Está dedicado al emperador Meiji y a su esposa, la emperatriz Shōken. Del santuario nos gustó su gran Torii de madera y el ambiente solemne. Parece ser que es un lugar popular para bodas tradicionales y para visitar durante el Año Nuevo. Nos hicimos aquí quizás el goshuin más perfecto que veré en mi vida, con una caligrafía impecable.

Harajuku (原宿) no se quedó atrás tampoco. Al ser nuestro siguiente paso lógico si queríamos llegar a Shibuya, fue un destino que paseamos con cierta prisa por desgracia, pero que nos gustó mucho. Es uno de los barrios pudientes de la ciudad, y las calles principales, llenas de negocios pequeños y grandes, me recordaron un poco a una calle de mi ciudad: Passeig de Gràcia, en Barcelona. Para cambiar un poco de aires, decidimos salirnos por callejuelas secundarias, y nos encontramos con varias zonas residenciales menos concurridas en las que ha de estar muy bien vivir, al estar cerca de zonas con muchas actividades pero ser relativamente tranquilas.

Finalmente, llegamos a nuestro destino, Shibuya (渋谷) según atardecía. La primera parada fue en Tower Records, una descomunal discográfica de 6 plantas en la que estuvimos un rato. Busqué, infructuosamente, el álbum de David Bisbal en japonés que salió ya hará unos años. Una pena.

Tras un susto por unas maniobras de prácticas de bomberos que nos «emboscó» al salir por la calle, seguimos hacia el famoso cruce de Shibuya, uno de los pasos de peatones más famosos y concurridos del mundo (protagonista en tantas películas, animes, libros…). Está justo frente a la estación de tren, y cuando los semáforos se ponen en rojo, cientos de personas cruzan desde todas las direcciones a la vez. Es un símbolo del ritmo y la energía de Tokio, y un lugar icónico para fotos y vídeos. Fue una experiencia increíble, pues pese al volumen de personas que transitaban el lugar, no me sentí en ningún momento abrumado, ya que dentro del caos propio de ese lugar, había un poco de orden.

Tras cenar por la zona de Hibiya (日比谷), dimos una vuelta por el lujoso barrio de Ginza (銀座), el más rico de la ciudad, en el que vimos, ya de noche el Kabuki-za (歌舞伎座), el teatro más emblemático de kabuki en Tokio. Este teatro ofrece una experiencia única para quienes desean sumergirse en una de las formas más tradicionales y visualmente impactantes del teatro japonés.

13r día. Viernes 18 de abril de 2025. Kamakura

El viaje estaba llegando a su fin, pero aún quedaban algunos sitios que debíamos ver. Unos alumnos de español de la academia Japonia nos habían comentado que les apetecía mucho enseñarnos su ciudad, Kamakura (鎌倉). A nuestra llegada a la estación (vinimos en tren desde Tokio) nos recibieron y se dispusieron a hacernos de guías medio en español medio en japonés.

Lo primero que vimos fue el «buque insignia turístico» de la ciudad: el Gran Buda de kamakura (鎌倉大仏, Kamakura Daibutsu), una gigantesca estatua de bronce de Amida Buda, ubicada en el templo Kōtoku-in. Mide unos 13 metros de alto y fue construida en el siglo XIII, momento en el que Kamakura era la capital del país. Aunque originalmente estaba dentro de un edificio, ese refugio fue destruido por tsunamis, y desde entonces el Buda se encuentra al aire libre, lo que le da un aspecto aún más imponente. Es maravilloso no solo verlo desde fuera, sino desde dentro. Por unos 3€ el turista tiene la opción de entrar dentro de esta estructura hueca y ver como está hecha por dentro.

Seguidamente, fuimos hacia el Hasedera (長谷寺), también conocido como el Templo de Hase, un templo budista de la escuela Jōdo fundado en el siglo VIII (en 736) para albergar una estatua sagrada de Kannon, la diosa de la misericordia. El templo tiene varios lugares de interés, como la susodicha estatua de once cabezas que mide 9 m, está tallada en madera de alcanfor y recubierta de pan de oro, siendo una de las más grandes de su tipo en Japón. También se puede acceder a una cueva dedicada a Ben-ten (o Benzaiten), deidad de la música, pero hay que ir algo encorvado. Los jardines y las vistas panorámicas de la ciudad y el océano hacen que el pasear por el recinto sea muy agradable. Del templo per se me gustaron mucho la sala principal y el Amida‑dō (con estatuas doradas y el mayor mokugyo de Japón).

El templo está abarrotado de Jizō (地蔵), unas pequeñas estatuas budistas muy comunes en Japón, que representan a Jizō Bosatsu, un bodhisattva protector de los niños, especialmente de los que han fallecido antes de nacer o de forma prematura, y también de los viajeros y almas perdidas. Estas estatuillas suelen tener forma de monjes con cara serena. La verdad es que tuvieron un impacto, para mí, muy conmovedor, al mezclarse en su presencia compasión, espiritualidad y duelo de una forma muy visible y humana.

Tras eso nos dirigimos a un pequeño restaurante (que estaba de hecho integrado plenamente en una casa familiar) en el que nuestros amables guías habían hecho una reserva. Era un lugar muy pequeño, pero de un ambiente familiar, tranquilo y muy tradicional que nos encantó. No podías elegir el menú a duras penas, sino que ellos te traían una bandeja con varias opciones de comida en poca cantidad (un bol con verduras, otro con tofú, un plato principal, otro bol con arroz…) que debías ir mezclando, que es realmente como se comía en el pasado en el archipiélago. El trato con el camarero y su familia fue maravilloso y nos encantó poder probar una experiencia así. Decidimos romper la tradición nipona de que paga el huésped / el que invita al evento, y pagamos nosotros, pese a tener que pelearnos un poco para lograrlo.

Foto del menú, un verdadero tesoro gastronómico que captura la esencia de la cocina japonesa

Por la mañana habíamos ido a un espacio de culto budista, así que por la tarde nos llevaron a un santuario sintoísta: ni más ni mneos que el Santuario Tsurugaoka Hachiman-gū (鶴岡八幡宮), es el santuario sintoísta más importante de Kamakura, dedicado a Hachiman, dios protector de los samuráis y del clan Minamoto. Fundado en el siglo XII, fue el corazón espiritual y político del primer shogunato japonés. El santuario nos gustó por su gran escalinata, su edificio principal con vistas a la ciudad, sus estanques con numerosas carpas, su pintorseco puente rojo y los pequeños santuarios secundarios (que visitamos entre otras razones para conseguir nuestros preciados goshuin). Tuvimos mala suerte porqué no había, pero este lugar también es famoso por sus eventos tradicionales, como los de yabusame, un espectáculo de tiro con arco a caballo que simula el estilo de combate que tenían los samurái durante el primer Shōgunato. MVP de la visita: una pequeña ardilla que se coló a uno de los santuarios secundarios y se puso a comerse el tributo allí depositado hasta que intervino uno de los sacerdotes (神主, kannushi) y la ahuyentó.

Paramos un poco entonces de tanta marcha y decidimos merendar. Nuestros maravillosos guías nos llevaron a una panadería tradicional en la que nos regalaron dulces, unos postres con Azuki que nos encantaron. También fuimos a una tiendecilla recóndita que conocían y probamos un macha hecho a mano del que acabamos comprando un par de bolsitas. También nos llevaron a una tienda de souvenirs de confianza, en la que compramos unos últimos detallitos antes de marcharnos.

La despedida fue bastante emotiva. Pese a haber estado solo un día juntos, noto que conectamos muchísimo. Nuestra anfitriona nos hizo un regalo que me emocionó bastante: un libro que ella había escrito en su momento sobre Felipe II (en japonés), que me entregó con su firma. Espero poder volver a verles pronto, cuando tenga que hacer la estancia en Japón de la tesis.

Normalmente el día hubiera acabado ahí, pero estábamos decididos a acabar de aprovechar nuestras últimas horas en el país del Sol naciente. Cenamos rápidamente en un Gusto (restaurante mix de comida «occidental», por llamarlo de alguna manera) y pusimos rumbo a Odaiba, una isla artificial en la bahía de Tokio a la que accedimos vía un tranvía que hace un loop muy curioso en medio del mar. ¿Qué vimos allí? La espectacular estatua tamaño real del Gundam Unicorn, que cada media hora se activa y hace un espectáculo de luces muy guapo. Al acabar el «evento» nos dirigimos algo más al oeste de la isla para ver la réplica de la Estatua de la Libertad que tienen allí, mientas veíamos de fondo el skyline de la ciudad (conclusión: la vista desde la isla es espectacular).

El gigantesco Gundam de 13 metros antes de ponerse en acción

Ya hechos polvo, una vez en el hotel hicimos nuestro stop reglamentario en la zona de barra libre y nos pusimos a dormir.

14º día. Sábado 19 de abril de 2025. Tokio

Último día. Queríamos aprovecharlo al máximo pero el agotamiento ya hizo mella y se nos pegaron las sábanas.

La primera visita del día fue el barrio de Mita (三田), en el distrito de Minato. Fuimos allí porqué quería ver la Universidad de Keio (慶應義塾大学, Keiō Gijuku Daigaku), la institución en la que con toda probabilidad acabaré cerrando la colaboración de mi tesis. La institución, privada, tenía un campus muy verde y bastante espacioso con facultades de estilos arquitectónicos diferentes: desde el brutalismo al estilo «occidental» de finales del s. XIX. Al salir, tuvimos la oportunidad de ver la Tokyo Tower (東京タワー), una icónica torre roja y blanca de Tokio, inspirada en la Torre Eiffel, con 333 metros de altura. Construida en 1958, fue durante décadas la estructura más alta de Japón y se usó para transmitir señales de televisión y radio. Hoy es un popular mirador turístico con dos plataformas de observación que ofrecen vistas espectaculares de la ciudad.

Foto de la Keio Daigaku desde fuera, mostrando su impresionante fachada que mezcla lo moderno con lo tradicional, un
verdadero reflejo de la historia y la innovación de la universidad
La Tokyo Tower, justo a la salida de la universidad, se alza majestuosamente en el horizonte

Seguidamente nos dirigimos a Yotsuya (四谷, 四ツ谷), barrio célebre por tener las famosas escaleras de Your name (君の名は, Kimi no Na wa), la película de animación de Makoto Shinkai de éxito mundial. Tuvimos suerte y estaban muy poco concurridas, pudiendo disfrutar de ellas tomando fotos y vídeos muy bonitos.

Un buen sitio para prometerse, ¿no?

No nos esperábamos encontrar en lo alto de las escaleras un pequeño santuario, el Suga Jinja (須賀神社), así que aprovechamos y lo visitamos. Hacerse un goshuin al lado de un lugar tan emblemático fue otro highlight del viaje.

Comimos en un St. Marc Café cerca de la estación de Yotsuya, tras lo que recogimos a nuestra amiga (con la que habíamos quedado ya el 16 de abril en Asakusa), y paseamos por la Universidad de Sophia (上智大学), fundada por la Compañía de Jesús en 1913, es una de las principales universidades católicas privadas de Tokio y destaca por su enfoque internacional. Tiene en sus manos mucho patrimonio histórico del siglo nanban (1543-1639) en Japón (la época que mencioné que Japón estuvo relacionándose con Portugal y Castilla). Vimos una estatua en honor a San Francisco Javier.

En búsqueda de más lugares de interés cultural acabamos en el Yasukuni, uno de los santuarios más controvertidos a nivel político del país. El Santuario Yasukuni (靖国神社, Yasukuni Jinja) es un santuario sintoísta que fue fundado en 1869 para conmemorar a los japoneses que murieron en guerras, especialmente soldados que lucharon por el país desde el periodo Meiji hasta la Segunda Guerra Mundial. La controversia viene a razón de que entre los más de 2,4 millones de nombres consagrados, también se incluyen criminales de guerra condenados tras la Segunda Guerra Mundial en los Tribunales de Tokio. Aun así, es visitado tanto por familias de los caídos como por políticos, lo que suele generar tensiones diplomáticas, especialmente con China y Corea del Sur.

En el santuario también se encuentra el Yūshūkan, un museo militar que presenta la visión japonesa de su historia bélica. A pesar de la polémica, desde el punto de vista cultural y religioso, es un lugar muy representativo del nacionalismo japonés y de la memoria histórica del país. Fue el único sitio que visitamos en el que nos encontramos cola para rezar.

Al acabar esta curiosa visita fuimos al Palacio Imperial, al que se puede acceder, pero solo a los jardines, y solo tras ser registrado por la Guardia Imperial (que nombre tan épico por Dios). Allí estuvimos tumbados un rato, disfrutando de las vistas y el tiempo.

En la Estación de Tokio nos compramos nuestros últimos souvenirs para amigos y familia, y nos hicimos un pasaporte Lego (en Barcelona es imposible hacerse con uno). Desde allí salimos para Akihabara, cenamos en un Saizeriya (el italiano sui generis este que mencioné), y me lancé en una última cruzada personal para hacerme con un hanko y una funda bonita para el mismo. Para los que no lo sepan, un hanko (判子), o inkan (印鑑), es un sello personal utilizado en Japón para firmar documentos oficiales, contratos, trámites bancarios y otros procedimientos legales o administrativos. En vez de firmar a mano, los japoneses estampan su hanko, que tiene grabado su nombre (normalmente en kanji, pero en mi caso fue en katakana) en caracteres estilizados. Hay varios tipos, desde los más formales hasta los informales.

La despedida formal con Japón fue en Yotsuya (sep, de nuevo), dónde quedamos con unos amigos de la carrera de una de nuestros miembros del equipo de viaje. En concreto fuimos a un Torikizoku, y bebimos y hablamos de la vida (sobre todo nos contaron como les estaba yendo la experiencia de vivir en Japón) hasta que se hizo tarde. Me lo pasé genuinamente bien.

15º día. Domingo 20 de abril de 2025. Tokio y vuelta a casa

Nos despertamos con un sabor agridulce la mañana del día 20, pues era el día de la vuelta a casa. Aunque algunos echábamos ya de menos algunas cosas de España, habíamos disfrutada mucho del viaje.

Nos dirigimos al aeropuerto por la mañana y nos despedimos al despegar, del país del Sol naciente. Según alzábamos el vuelo, pensé para mis adentros que esto no era un adiós, sino un hasta luego.

Tras una breve escala en Roma, estábamos ya de vuelta a casa.

Reflexiones finales

Este viaje ha sido muy especial para mí. Emotivo, de alta intensidad, variado, cultural… hay tantas palabra que se me ocurren para describirlo; pero me quedo con una: trascendental. Creo que ha supuesto en algunas cosas un antes y un después.

Por ejemplo, ahora tengo claro que este es un lugar en el que quiero estar, ni que sea un tiempo, si las circunstancias lo permiten. Como en todos los países, hay cosas que están mal, y que se pueden trabajar. Pero Japón me ha parecido un país con una sociedad respetuosa, atenta y educada en la que me he sentido muy cómodo.

Otros cambios no han sido tan trascendentales. Por ejemplo, me sorprendió lo hegemónico que es el uso del efectivo aún en es en este país. Viendo que modero mucho más el gasto, he decidido volver al efectivo también en mi día a día. De hecho, una de las pocas recomendaciones que os puedo hacer, es que os acostumbréis a usarlo cuanto antes, o que traigáis ya el cambio hecho de casa.

Siento que me he dejado mucho por ver. Desde las costas paradisiacas de Okinawa, al sur; a la naturaleza salvaje de Hokkaido, al norte; pasando por ciudades históricas como Izumo, Ise o Hiroshima. Como mencioné, esto es tan sólo un hasta luego, pues pienso regresar para ver hasta el último de estos maravillosos lugares.

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Agradecimientos. Algunas de estas imágenes han sido tomadas por Mario Cervera Álvarez.

Para más imágenes y vídeos, la cuenta de Instagram hay numerosos vídeos en historias y reels en camino.

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